
“Porro Quirites, libertatem perdimus”
“¡Ciudadanos, estamos perdiendo la libertad!”
(Laberio, citado en Macrobio, Saturnalia, 2.7)
El problema excedía lo artístico revelándose como algo simbólico. Para un miembro del orden ecuestre actuar profesionalmente en escena suponía una humillación social. César no solo dominaba la política; comenzaba a dominar el espacio simbólico de Roma. Y Laberio, consciente de ello, decidió convertir aquella imposición en una forma de resistencia. Desde el escenario lanzó su célebre frase: “Ciudadanos, estamos perdiendo la libertad”. El público entendió inmediatamente la alusión. Roma abandonaba lentamente la libertad republicana para entrar en la lógica del poder personal.
Hay algo profundamente contemporáneo en esa escena. Roma no perdió primero la capacidad de hablar. Perdió antes la capacidad de hacerlo fuera del marco diseñado por el poder. La crítica seguía existiendo, sí, pero convertida ya en espectáculo autorizado. Laberio podía hablar… siempre que lo hiciera dentro del teatro de César. Ese es, a mi parecer, uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo. Vivimos convencidos de que la libertad consiste únicamente en poder expresarnos. Y sin embargo, cada vez más, hablamos dentro de escenarios previamente construidos (redes sociales, dinámicas de polarización, sistemas de reputación digital, audiencias instantáneas, algoritmos de validación emocional y culturas corporativas) donde muchas veces importa más aparentar sensibilidad que ejercer pensamiento crítico real.
El problema de esto es que no hemos dejado de hablar, sino que, tal vez, estemos dejando de pensar. La gran paradoja contemporánea es que nunca hubo tanta exposición pública y, simultáneamente, tan poca reflexión prudente. Hemos sustituido el juicio por la reacción. La conversación por la representación. La corrección por la humillación pública. La discrepancia por el espectáculo moral. En ese contexto, resulta fascinante volver a Publilio Siro, precisamente el vencedor del certamen organizado por César. Sus Sententiae contienen algunas de las observaciones más lúcidas sobre la naturaleza humana, muchas de ellas sorprendentemente actuales, y tan ilustrativas del mundo que nos ocupa. A tal punto llega, que nos plantea Siro en una de estas sentencias:
“Suadere primum dein corrigere benivoli est”.
“Es propio del hombre benevolente persuadir primero y después corregir”.
¡Qué lejos parece quedarnos hoy esa idea!
En nuestra cultura contemporánea la corrección rara vez busca mejorar al otro. Muy frecuentemente busca exhibir superioridad ante terceros. Se corrige para acumular legitimidad moral, para obtener reconocimiento grupal o para reforzar identidades públicas. La crítica deja de ser pedagógica para convertirse en performativa[1], es una pura representación del gran teatro del mundo que maravillosamente nos describió Pedro Calderón de la Barca donde la Ley de Gracia, guía moral, va orientando a fin de hacer notar que ésta (la moral) es precisamente la importante, la que marca la rectitud y la que en última instancia dará acceso a la verdadera recompensa presente en la vida eterna, juicio universal mediante. Allí se medirá a cada uno por la forma de haber vivido.
En el contexto de Publilio importa menos transformar que exponerse. Ya no buscamos tener razón; buscamos tener público. Y esto nos enfrenta a otra observación extraordinaria:
“Ruborem amico excutere amicum est perdere”
“Hacer sonrojar a un amigo es perder al amigo”
La frase parece escrita para una época como la nuestra, dominada por la exhibición constante. Muchas relaciones personales, políticas o profesionales quedan destruidas no por grandes diferencias ideológicas, sino por la necesidad compulsiva de escenificar superioridad ante una audiencia invisible. Hemos perdido progresivamente la capacidad adulta de corregir y ser corregidos[2]. Porque corregir exige prudencia. Y aceptar corrección exige humildad. Dos virtudes profundamente incómodas en una sociedad organizada alrededor del protagonismo permanente.
Baltasar Gracián entendió esto de manera magistral siglos después en El Arte de la Prudencia advirtiendo:
“Templar la imaginación. Unas vezes corrigiéndola; otras ayudándola… Da en tirana… suele señorearse de la vida…”
Gracián comprendía algo esencial como es que la imaginación sin control termina gobernando la percepción de la realidad. Y cuando eso sucede, el individuo deja de interpretar el mundo y comienza a teatralizarlo. Es en este punto donde puede postularse que la imaginación contemporánea vive hipertrofiada. No hablamos ya únicamente de creatividad o aspiración, sino de una construcción permanente del yo público. Cada persona se convierte en una pequeña marca, en un relato, en una representación continua sometida al juicio inmediato de los demás. La consecuencia inevitable es el agotamiento emocional y la radicalización discursiva. Y tal importancia cobra, que la exageración se vuelve rentable.
También sobre eso advertía Gracián: “Nunca exagerar”. Pero la exageración es hoy el combustible de buena parte de la conversación pública. Los matices apenas generan atención y el equilibrio rara vez produce viralidad. La prudencia ha sido reemplazada por la hipérbole constante. Así, todo debe ser extraordinario, indignante, histórico, intolerable o transformador. El resultado es una inflación emocional permanente que termina deteriorando nuestra capacidad de juicio. Y aquí se atisba el peligro pues, cuando todo es extremo, nada es verdaderamente importante.
La conversación pública contemporánea parece estructurada alrededor de una tensión constante entre la indignación y el aplauso. Cada intervención exige posicionamiento inmediato. Cada opinión debe convertirse en identidad y cada desacuerdo corre el riesgo de transformarse en conflicto moral absoluto. Las consecuencias resultantes son profundas para la educación, las empresas, la política y las relaciones humanas. Cada vez es más difícil disentir sin destruir. Más difícil enseñar sin ofender. Más difícil liderar sin teatralizar. Más difícil escuchar sin preparar simultáneamente una respuesta. Y quizá por eso otra sentencia de Publilio Siro toma también propia carta de naturaleza:
“Amici vitia si feras, facis tua”.
“Si toleras los defectos de tus amigos, los haces tuyos”.
La frase encierra una verdad incómoda. Una sociedad incapaz de corregirse termina normalizando sus propios errores. Pero el problema contemporáneo es que hemos destruido el espacio intermedio entre la tolerancia absoluta y el linchamiento público. La dicotomía donde “no corregimos nada por miedo al conflicto” se contrapone al “destruimos públicamente al otro para demostrar pureza moral” nos lleva a que la prudencia deje de tener cabida en el debate público.
Sea quizá la prudencia una de las virtudes difuminada en el devenir de nuestro tiempo. No la prudencia entendida como cobardía o cálculo oportunista, sino como capacidad de juicio, contención emocional y comprensión de la complejidad humana. Una sociedad madura no es aquella donde nadie se equivoca, sino aquella donde todavía existe la posibilidad de corregir sin destruir y discrepar sin deshumanizar. Nuevamente en palabras de Gracián “El pensamiento es libre”; pero a renglón seguido añadía algo más interesante al indicar que el hombre prudente sabe cuándo hablar, cómo hacerlo y ante quién hacerlo. No por cobardía, sino porque entiende que no toda verdad produce automáticamente comprensión. Nuestra época, en cambio, parece haber convertido toda reflexión en una obligación de exposición inmediata. Pensar lentamente genera sospecha. Dudar se interpreta como debilidad y el error se encuentra como una forma de destruir al contrario donde rectificar parece una derrota. A resultas, el silencio, lejos de entenderse como prudencia, se interpreta muchas veces como irrelevancia.
Cabría pensar que quizá la verdadera libertad intelectual empiece precisamente ahí, en esa capacidad de no reaccionar instantáneamente. En esa fortaleza para resistirse a la teatralización permanente, en la posibilidad de seguir pensando sin necesidad de convertir cada pensamiento en espectáculo. Y es que el gran riesgo de nuestro tiempo es terminar confundiendo visibilidad con libertad.
Roma siguió teniendo discursos, debates y espectáculos incluso bajo el dominio de César y la apariencia de participación permanecía intacta. Pero el centro real del poder ya había cambiado. Y Laberio comprendió que la pérdida de libertad comienza mucho antes de la desaparición formal de las instituciones. Empieza cuando el miedo reputacional condiciona el pensamiento; cuando el individuo adapta continuamente sus opiniones a la reacción esperada del público; cuando la conversación deja de buscar verdad y pasa a buscar validación; cuando toda crítica debe convertirse necesariamente en representación. Tal vez por eso la escena de Laberio sigue siendo tan poderosa dos mil años después. Porque retrata un momento profundamente humano en el que una sociedad todavía cree ser libre mientras empieza lentamente a perder las condiciones culturales que hacían posible esa libertad.
Quizá, solo quizá, hoy estemos atravesando algo parecido. Seguimos hablando constantemente. Probablemente demasiado. Probablemente olvidando la necesaria reflexión. Probablemente instalados en el error de conocimiento, criterio o juicio. Pero cada vez resulta más difícil encontrar espacios reales para el pensamiento prudente, la discrepancia serena y la conversación honesta. Laberio al menos sabía que estaba sobre un escenario mientras nosotros pareciéramos haber empezado a vivir dentro de él.
Bibliografía
Austin, J. L. (1962). How to do things with words. Clarendon Press.
Bickford-Smith, R. A. H., ed. Publilii Syri Sententiae. Cambridge: C. J. Clay and Sons, Cambridge University Press warehouse, 1895.
Duff, J. Wight; Duff, Arnold M., eds. Minor Latin Poets. Loeb Classical Library. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1934.
Egido, Aurora. Humanidades y dignidad del hombre en Baltasar Gracián. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2001.
Gracián, Baltasar. Oráculo manual y arte de prudencia. Huesca, 1647.
Maravall, José Antonio. La cultura del Barroco. Barcelona: Ariel, 1975.
Reich, Hermann. Der Mimus. Ein litterar-entwicklungsgeschichtlicher Versuch. Berlin, 1903.
Schanz, Martin; Hosius, Carl. Geschichte der römischen Literatur. Munich, 1927.
[1] Recordando a John L. Austin, “los enunciados transforman la realidad”. Austin, J. L. (1962). How to do things with words. Clarendon Press.
[2] “Alabar en público y corregir en privado es educación”. No he localizado la cita exacta, aunque pueda inferirse en algunas de las referencias bibliográficas de este artículo.
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