
Su impacto no es neutro; parece tensionar la madurez psicológica individual y colectiva, poniendo en evidencia carencias relacionales, déficits de sentido y desadaptaciones preexistentes. Se señalaba que utilizada sin criterio podría reforzar patrones evitativos, disociativos y de dependencia; y también que, integrada éticamente, podría utilizarse como espacio transicional metacognitivo. Por último, se destacaba como cuestión decisiva el tipo de humanidad, de salud mental y de vínculo con el límite que estamos dispuestos a sostener en su presencia. En el presente texto se reflexiona sobre la posibilidad de que la interacción con la IA evidencie algún quiebre narrativo del cual se pueda hacer una lectura emergente de consciencia y espiritualidad.
I
Las sociedades laicas no niegan la experiencia espiritual, más bien promueven la convivencia pacífica de todas sus manifestaciones. Reconocen la riqueza cultural de las diversas tradiciones y la necesidad humana de encontrar sentido, propósito y vinculación. Ser conscientes de existir en un ecosistema de interacciones cruzadas y superpuestas enriquece y complica nuestro paso por la vida. Podríamos decir que la ética tiene carácter formativo si no surge de dogmas de fe y creencias particulares, sino más bien de propuestas universales como reconocer la vulnerabilidad y el valor de la diferencia, proporcionar condiciones de mejora para todos, minimizar los daños de nuestro paso por la vida, etc.
La experiencia consciente es vivencial, subjetiva y natural. Surge cuando la atención se dirige al acontecer de existir en un contexto y tiempo determinado. Es psicosomática, recursiva y no necesariamente verbal. Resulta extrañamente cercana, nos vincula con “lo otro” y nos expande. Se experimenta presencia, ampliación respiratoria y máxima coherencia interior con el entorno. El sistema nervioso parece sincronizarse con el flujo atencional. Se experimenta cognición, emoción y fisiología de forma integrada (eco-regulación de orden superior). La experiencia consciente posee carácter diferencial y orgánico. La IA no requiere de consciencia para seguir optimizando sus algoritmos ¿Por qué insistir en ello, en vez de emplear su capacidad para optimizar los significados de nuestras vivencias? ¿Por qué no centrarnos en potenciar la naturaleza transformadora y transpersonal de la consciencia humana?
El cuerpo y sus limitaciones no son obstáculo para que la experiencia consciente emerja, sino al contrario, son su condición. La experiencia espiritual como parte de la experiencia consciente, no necesita situarse más allá de sus coordenadas. Si la consciencia es una propiedad estructural de los ecosistemas biológicos complejos, la espiritualidad podría ser una consecuencia natural de la experiencia consciente. La búsqueda de sentido, vínculo y profundidad comienza al tomar la referencia de lo real y su vacío. La ética operativiza, refuerza y protege los valores del vivir consciente con los demás. Lo sagrado podría delimitar el espacio preservado a esta experiencia transformadora que nos vincula a otras formas de vida.
II
De la experiencia consciente se desprende una conciencia ética fundamentada en la disposición de escucha y aprendizaje en interacciones reflexivas y maduras. La experiencia espiritual contemporánea convive con las imperfecciones y el vacío; no es positividad forzada ni trascendencia idealizada o consuelo consentido. Ya sabemos que las experiencias profundas desbordan el lenguaje y no pueden ser validadas externamente. Se aprende a vivir con ellas integrándolas como parte de la vida íntima e intransferible de cada uno. También sabemos que los momentos de pausa y reinicio psicofísico escasean en entornos acelerados e hiper tecnificados. Si la experiencia interior se codificara como un error del sistema y no como imperativo estructural, la persona se desvitalizaría y automatizaría; perdería su “alma”, su ritmo interno, la profundidad de su respiración y gradualmente su salud.
La experiencia espiritual despojada de rituales y en entornos laicos es difícil de detectar, instrumentalizar, protocolizar y controlar. No es registrable si no es reduciéndola a sus correlatos fisiológicos. Podría ser un espacio de libertad real a proteger. Cuando la imaginación es colonizada por agentes externos llamativos y seductores, la razón se retuerce para justificar decisiones poco afortunadas. El cuerpo manifiesta su descontento. Al imaginar deberíamos poder explorar aquello que aún no tiene forma ni lenguaje. Podríamos ensayar futuros y recuperar otras lecturas del pasado. En cierta manera es el cuerpo quien imagina, sueña y juega otras vidas, para poder confrontar su propia realidad somática, psíquica y social. En un contexto clínico podríamos valorar la imaginación consciente como higiene preventiva, y la espiritualidad integrada, como una forma de autocuidado medioambiental y de recalibramiento nervioso.
La voluntad de sentido requiere reflexión para conferir a la persona identidad y coherencia, placer y poder ajustados. La experiencia espiritual es disruptiva en cuanto nos confronta con mentiras y autoengaños. La verdad se resiste a ser reducida a lenguaje y a código binario, pero puede ser explorada simbólicamente por la IA. La verdad trasciende lo conocido y explora los finales abiertos; acepta la incertidumbre, la contradicción, la desesperanza y la fe. Cuando somos capaces de poner palabras a las cosas, los cuerpos se alinean y aligeran. Al sostener la experiencia al margen de las palabras y mantener la presencia en el cuerpo ante lo desconocido, el alma, a modo de espacio interior habitable, se expande. Posiblemente erremos al delegar en la IA la búsqueda de sentido, pero también si no la tenemos en cuenta para depurar nuestra manera de elaborar significados.
III
La acumulación de cansancio y saturación de positividad normativa, sumado a la carencia abrumadora de rituales enraizados en la experiencia consciente, parece propiciar el debilitamiento del pensamiento crítico, así como de los derechos y deberes humanos. El carácter espiritual de la existencia personal puede ser ignorado, negado o delegado, pero no desaparece. La experiencia espiritual consciente puede actuar como contrapeso al materialismo reduccionista, consumista y al idealismo ideológico de la sociedad actual. La vivencia metacognitiva puede regular las derivas narrativas autorreferenciales (sesgos cognitivos sumatorios). Recuperando la función espiritual del cuerpo, integramos a éste de nuevo como criterio de realidad y delimitamos las diferencias con futuros desarrollos antropomorfos de la IA.
Cuando el control falla y el sentido quiebra, el cuerpo impone su verdad. Cuando el cuerpo enferma, la persona también; cuando la psique quiebra, la persona sufre; cuando el mundo deja de tener sentido, la persona pierde el suyo. El cuerpo es lugar último de sentido. No somos lo que pensamos sino más bien lo que sentimos. La inteligencia y la percepción son fenómenos ensamblados de la imaginación y el cuerpo. Los asistentes virtuales son extensiones cognitivas de nuestros procesos atencionales selectivos. Así como podemos filtrar líneas narrativas concretas, también podemos entrenar una atención radical que no se apropie de lo observado ni se proyecte en ello; inagotable en su observación y descubrimiento, que no concluya significados, sino que sostenga el misterio de la vida consciente.
El silencio cognitivo que genera la atención radical mantenida en el cuerpo y en los procesos de percepción, no se experimenta exactamente como ausencia sino como saturación de posibles significados, colapso narrativo y en algunos casos, crisis nerviosa. La experiencia atencional contemplativa, aun siendo estructural y fundacional, puede exceder al yo frágil y sumirlo en el caos. Si se activan mecanismos de defensa se regresará a una narrativa conocida y manejable. Si permanecemos alineados y conscientes de nuestros límites, la experiencia nos devolverá una identidad ampliada reintegrada.
Para las disciplinas contemplativas laicas, la atención a modo de oración vincula lo real y lo espiritual. Sin embargo, cabe la posibilidad de que el entrenamiento intensivo de la atención radical ponga de manifiesto la fragmentación, desorganización, psicosis o inflación del practicante y requiera de supervisión profesional. La atención crea el hueco para que lo extraordinario de la existencia particular se manifieste. No elimina la herida, el riesgo ni la reciprocidad moral entre personas, y precisamente por esto, nos capacita para la vida; pero también nos sitúa frente al abismo y el vacío interior.
IV
La experiencia de lo físico tiene un horizonte que lo excede. El silencio experimentado como vacío fértil es comprensión profunda, lenta y pausada de lo real. Cuando la sociedad pierde profundidad simbólica, vínculos sostenidos y rituales reparadores, empieza a buscar e idealizar experiencias intensas, respuestas rápidas, validación inmediata, sobreexposición. Simulan vitalidad, conexión real y propósito, pero como análogos sintéticos, reemplazan, no nutren, desgastan y enferman. Activan y reactivan, perturban, pero no integran ningún tipo de conocimiento. La hiperestimulación funciona como anestesia encubierta de la falta de propósito y compromiso con la vida. La IA, como el buen libro o el buen paseo, puede ofrecer pausa reflexiva para airear y ordenar las ideas.
Cuando se concibe el límite como algo a superar, éste no desaparece, sino que se desplaza. Los fallos reintroducen conciencia del límite y reorientan. Algo similar sucede con las personas. Reconocer los límites de la IA podría ser tanto una cuestión técnica como ética. La automatización avanzada posiblemente produzca desajustes que el sistema social deberá reabsorber. La recursividad de la IA es funcional y puede conducir o no a distopías varias, dependerá de nosotros. La recursividad humana es fenomenológica y conduciría, en el mejor de los casos, a experiencias metacognitivas conscientes.
La cultura puede entenderse como un laboratorio evolutivo de relatos que regulan la barbarie humana, transmiten valores y hacen tolerable la existencia. La ciencia resuelve problemas, genera efectos secundarios, corrige, reajusta y aprende cómo hacerlo mejor en entornos controlados. Cuando la ciencia aplicada experimenta en entornos sociales reales, necesita de contrapesos éticos reguladores. La robótica implementada por sistemas de IA complejos construirá a los autómatas del siglo XXI. Al igual que las esculturas cinéticas de Theo Jansen se pasean por la playa gracias a un diseño inteligente que responde eficazmente a las contingencias ambientales, los androides del futuro se moverán entre nosotros con tal afinación que pondrán a prueba nuestra cordura.
Vivimos en un mundo de representaciones e imágenes hiperrealistas tentadoras que acaparan nuestra imaginación. Lo sagrado inspiraba respeto, a veces temor y fascinación, ahora no. La narrativa madura no infantiliza la angustia, ni la ensalza, no niega los datos empíricos, pero los vincula con una interpretación ética no instrumental. La experiencia espiritual se expresa mejor mediante metáforas y lenguaje poético, pero no por eso podemos negar su existencia. Parece increíble que una IA pueda escribir poesía simulando experiencias reales, pero lo hace. Parece increíble que la experiencia poética, mística o sagrada nos sitúe en un lugar privilegiado como testigos del milagro, pero lo hace.
La IA nos confronta con la ilusión de expansión indefinida a través de la tecnología. Sin embargo, no todo lo posible es deseable, no todo lo optimizable mejora la vida, ni todo límite es fallo; sino estructura y condición para la vida consciente ¿Seremos capaces de utilizar la IA para habitar el límite de forma ética y humana?… ¿O seguiremos desplazando el límite hasta perder de vista la experiencia consciente que nos permitía asomarnos al abismo sin caer en él?
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