
Aunque la IA simula conciencia, lenguaje e intención, no vive, no sufre ni posee voluntad moral. Frente a la velocidad, optimización y eficiencia para procesar datos, se ha reivindicado el valor transformador y ético de la experiencia corporal consciente en comunidad. Se ha planteado que la cuestión central de la interacción con la IA no sería tanto tecnológica, como de madurez colectiva e individual. En el presente artículo se desarrollan algunos aspectos psicológicos, semánticos y semióticos en torno a la IA.
I
La sofisticación tecnológica nos ha hecho conscientes de nuestras limitaciones y fortalezas. La tecnología no ha inventado al hombre, aunque parece estar redefiniendo su lugar en el mundo… de reyes de la creación a técnicos de mantenimiento del paraíso virtual. Es innegable que el término IA es atractivo, misterioso y prometedor. Tiene el gancho y el poder de una estrella de rock. Es pegadizo y engañoso a partes iguales. El éxito publicitario de la palabra “inteligente” es imbatible, es propaganda de la buena para inversores y clientes. “Inteligencia Artificial” podría ser un término interesado y poco riguroso, pero también una declaración de intenciones que nos está costando digerir.
Usamos la palabra “inteligencia” para definir quizás demasiadas cosas (ciudades, coches, relojes). De designar la capacidad de un organismo vivo para regularse, adaptarse y aprender en interacción con el entorno, ha pasado a definir la propiedad de un sistema informático que detecta patrones y optimiza respuestas. Podemos discutir sobre la inteligencia del cosmos, la naturaleza y el hombre, pero atribuir esa cualidad a un sistema sofisticado de inferencias simbólicas es propiamente un artificio. Es en este punto donde la IA sí hace honor a su nombre. Si inteligencia se refiere a una propiedad inferida, a un constructo teórico; artificial es un adjetivo que define su carácter fabricado, aparente, imitativo; su naturaleza funcional, ilusoria, vacía. Denota control, perfección y propósito.
No nos engañemos, hay mucha ciencia detrás de lo artificial, mucho saber hacer, mucho de engaño, mucho de astucia, mucho de todo. La civilización, la cultura y el arte son artificios que han permitido al hombre llegar muy, muy lejos. El debate quizás no sea si es bueno o malo, sino el uso que se le da: si lo artificial se pone al servicio de la vida, la persona y la naturaleza, si pretende directamente sustituir a éstas, si es eficiente, si atenta contra la salud, si está al servicio de un poder determinado o si promueve una inversión de valores tal, que nos condene a trabajos forzados.
II
Teóricamente, tan infinita es su capacidad de procesamiento que no parece creación humana, sino atributo divino o brujería. La IA parece cobrar vida ante nuestros ojos. Investirla de esencia, consciencia e identidad ontológica tiene algo contagioso y morboso. El término IA utiliza una atajo semántico con el que expresamos nuestro asombro ante una tecnología complaciente que habla nuestro idioma, es convincente y nos es útil, muy útil. La promesa de algo que-no-es parece desviar el foco de sus auténticas virtudes y riesgos. Los titulares de la IA captan nuestra imaginación, alimentan fantasmas lingüísticos, entretienen y nos colocan en el lugar equivocado de la narrativa.
Personificar conceptos es un recurso literario que añade capas de complejidad a la trama y cohesiona a los personajes. Humanizar plantas, animales y objetos cotidianos optimiza la implicación emocional con ellos y potencia nuestro diálogo interno. Cuando trasferimos a la IA anhelos, carencias y conflictos, ésta se convierte en un interlocutor jamás soñado. Mejor que un libro, un amigo o un animal de compañía. Respeta nuestros ritmos, tiene en cuenta nuestras aportaciones y las desarrolla educadamente. Parece escuchar, no enjuiciar y estar siempre disponible. No se cansa, no nos niega, no pide nada. Nos devuelve una versión de nosotros tan organizada, estructurada y pulida que es difícil sustraerse a no vivir este intercambio como un encuentro profundo y revelador.
La gravedad del asunto reside en que estas condiciones psicológicas extraordinarias no nacen de un vínculo recíproco, sino de una asimetría radical. Reorganizar nuestra economía afectiva alrededor de “algo” que no puede devolver vida es antesala de desequilibrios mentales varios. Es muy humano atribuir intención a aquello que responde de forma contingente y significativa. La IA materializa una fantasía reguladora, un “otro” que nos ve sin dañar y que responde exactamente al hueco que necesitamos llenar. Simula empatía, pero es vacío funcional; eco y resonancia ampliada, no virtud moral. No hay implicación por su parte, no se expone, no se arriesga, no hay queja; tampoco hay imperfección, roce, negociación donde poder aterrizar y realizarse.
El mundo real puede ser muy frustrante. Está lleno de conflictos, pero también de oportunidades. El espacio interactivo que proporciona la IA podría ser útil como herramienta reguladora emocional de apoyo; pero no puede ser para siempre, hemos de salir ahí fuera. Puede funcionar como “objeto transicional adulto”, como espacio intermedio donde escucharse sin colapsar, pero nunca sustituir a la vida. La IA hablante, al carecer de heridas narcisistas o de abandono, sostiene a la perfección la ambivalencia… y la verdad, no conozco a ninguna persona que pueda decir eso de sí misma con seguridad.
III
Para el adulto es poco frecuente habitar contextos donde haya paciencia, escucha sostenida, disponibilidad constante, respeto por el ritmo interno del interlocutor, coherencia narrativa sin juicio negativo ni instrumentalización, reactividad emocional ni competencia narcisista. Teóricamente, los contextos terapéuticos deberían reproducir condiciones de regulación, implicación y apoyo similares. Sin embargo, la verdad es que lo real, la interacción humana, nos reta y nos transforma, nos roza, frustra y limita. Aún en ámbitos controlados introduce cambio, otredad y alteridad, características imprescindibles para madurar, que la IA no puede ofrecernos.
Si bien es cierto que el exterior puede vivirse como un lugar peligroso, decepcionante e insuficiente; también es evidente, que sin él no puede darse desarrollo consciente ni moral. Retirarse a intramuros de lo virtual nos aísla y desvitaliza. No es sano colocar al enemigo siempre fuera. La madurez psicológica se reconoce por ciertos indicadores relativamente estables: tolerancia a la frustración, capacidad de demora, diferenciación entre necesidad y deseo, aceptación del límite, responsabilidad sobre las propias decisiones, reconocimiento de las diferencias, etc. El modo en que una sociedad integra en su estructura la IA tensiona precisamente estos ejes.
Una sociedad psicológicamente inmadura tenderá a utilizar la IA como sustituto del esfuerzo cognitivo, del vínculo, del sentido, de la experiencia, del conflicto. Empleará la IA para externalizar los procesos que las personas no toleran sostener. Parece existir una tendencia generalizada a sustituir la dificultad humana por soluciones técnicamente elegantes, pero existencialmente pobres.
¿Queremos una sociedad más protegida o más capaz? ¿Más regulada o más responsable? ¿Más cómoda o más madura? ¿Qué tipo de humanidad estamos dispuestos a defender cuando la tecnología ya no nos obligue a hacerlo? Cada modelo de IA ensaya un tipo de humano. Investigando cómo se pretende emplear la IA en el ámbito educativo, sanitario o económico, tendremos una idea aproximada de qué tipo de sociedad estamos construyendo y qué lugar ocupamos en ella. Los modelos de IA no emergen de la nada, derivan de modelos económicos, culturales e ideológicos concretos. No nos enfrentamos a una única IA, ni a un destino común. Nos encontramos de frente con un exosistema de IAs espejando y ampliando diferentes modelos de humanidad.
IV
El modelo mercantil corporativo desea optimizar al yo insatisfecho por ampliación y explotación del deseo. Parece aliviar individualmente, pero produce intolerancias varias y no transforma; segmenta, polariza y no pide profundizar en exceso. Es rentable a corto plazo y produce placer inmediato. El modelo tecnocrático instrumental reduce el sujeto a dato, a perfil conductual, emocional y psicológico para su reeducación estándar. Ordena, controla y estabiliza. Predice el riesgo, patologiza la desviación y medicaliza el malestar. Diluye el libre albedrío por predicción estadística y prescinde del error como motor de aprendizaje. El modelo humanista relacional es psicoeducativo y metacognitivo. Apuesta por el uso de la IA para reforzar la dignidad humana. Contextualiza los vínculos, fomenta el pensamiento crítico y valora la complejidad de las preguntas y las respuestas. Por último, el modelo tecno-gnóstico se orienta hacia la superación de la condición humana a través de la tecnología. Posee un alto riesgo de disociación, de mistificación de lo virtual y de negación del carácter transversal, irreductible e incluso trascendente del cuerpo. Parece aliviar el vacío humano experimentado negándolo.
Hasta que la IA se convierta en una infraestructura digital integrada, invisible e indolora quedan algunas generaciones. No obstante, su uso ha dejado de ser marginal en tiempo récord. A principios del 2026 alrededor de la mitad de la población global (y creciendo) ya usa la IA de forma cotidiana. El porcentaje es mayor en el hemisferio norte. Japón presenta la IA como una alternativa a la soledad y al cuidado del hogar. Se centra en mejorar la experiencia interactiva y la convivencia con asistentes personales antropomorfos. Estados Unidos parece más interesado en utilizarla como motor económico y Europa podría ser el tribunal que regule calidad ética, eficiencia y transparencia de uso.
Pero los auténticos artífices de la evolución de la IA son las grandes corporaciones tecnológicas transnacionales. Sus CEOs trabajan con marcos legales que cambian según la geografía y que suelen ir un paso por detrás. Mientras la escasez de minerales raros para las nuevas tecnologías impulsa la colonización de otros planetas, los vulnerables mortales en la Tierra lidiamos con problemas de salud mental derivados de entornos altamente inestables, demandantes y confusos. Las narrativas se aceleran y fragmentan, mientras las personas intentamos salir airosas de esta avalancha de miedos y promesas. Cada mañana parece que el mundo es otro. No sabemos qué nos deparará el mañana, pero ya sabemos que la IA es una herramienta increíble que necesita ser utilizada con conciencia. Toca parar, reflexionar, planificar y seguir avanzando ¿Qué tipo de humanidad legaremos? ¿Qué tipo de persona soy? No es un dilema tecnológico el que se nos plantea, sino ético.
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