
El desperdicio alimentario no es únicamente una cuestión económica o de consumo. Detrás de cada alimento que acaba desechado hay recursos naturales —como suelo y agua—, energía y otros insumos empleados para producirlo, transportarlo y conservarlo. Por ello, reducir la comida que termina en la basura constituye también una forma de avanzar hacia hábitos de consumo más sostenibles.
Las cifras permiten dimensionar el desafío. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) recogidos por BBVA, fuente original de esta información, las pérdidas y el desperdicio de alimentos son responsables de entre el 8% y el 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI).
A su vez, más del 13% de los alimentos producidos en el mundo se pierde en algún punto comprendido entre la cosecha y la llegada al comercio minorista. A ello se añade otro 19% de los alimentos disponibles para los consumidores que termina desperdiciado en hogares, establecimientos de restauración y comercios, de acuerdo con el último informe sobre desperdicio alimentario del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
“La concienciación es más necesaria que nunca, ya que una parte importante de la población todavía no da importancia a estos temas”, advierte Manuel Gómez Pallarés, catedrático del área de Tecnología de Alimentos de la Universidad de Valladolid, en declaraciones recogidas por BBVA. El experto recuerda que tirar comida implica haber utilizado innecesariamente “suelo, agua, energía y otros recursos que el planeta no puede permitirse”, por lo que considera imprescindibles las actuaciones individuales.
Una de las principales herramientas contra el desperdicio comienza antes incluso de entrar en la cocina. Revisar qué queda en la despensa y el frigorífico, elaborar una lista y calcular las cantidades en función del consumo previsto permite evitar compras innecesarias.
Gómez Pallarés aconseja especialmente no dejarse arrastrar por promociones que llevan a adquirir más cantidad de la necesaria, sobre todo cuando se trata de productos muy perecederos. Otra recomendación sencilla es evitar hacer la compra con hambre, una circunstancia que puede favorecer adquisiciones impulsivas de productos que finalmente no se consuman.
La organización de los menús semanales puede completar esta planificación. Decidir previamente qué se va a cocinar facilita ajustar la lista de la compra, utilizar primero aquellos productos que ya están en casa y ordenar su consumo teniendo en cuenta cuándo pueden estropearse.
Preparar con antelación varias comidas —una práctica actualmente popularizada como batch cooking— también permite aprovechar productos frescos antes de que pierdan sus propiedades y disponer de platos preparados para los días con menos tiempo.
Servir cantidades más pequeñas es otra estrategia para evitar que los restos terminen directamente en la basura. Si queda comida, puede reservarse para otra comida, utilizarse como acompañamiento o congelarse. También es posible reducir desde el principio la cantidad que se cocina para impedir una acumulación de sobras en el frigorífico.
A ello se suma la tradicional cocina de aprovechamiento. Reutilizar ingredientes que han perdido algunas de sus características originales, pero que continúan siendo aptos para el consumo, permite crear nuevos platos y alargar su vida útil.
El pan es uno de los ejemplos más habituales. Gómez Pallarés recuerda que el pan duro se ha aprovechado históricamente en preparaciones como migas, salmorejo, albóndigas, budín o empanados, además de poder consumirse tostado. Actualmente también existen herramientas digitales, como la aplicación Ekilu, que propone recetas a partir de los ingredientes disponibles en casa.
Evitar el desperdicio también exige prestar atención a cómo se almacenan los alimentos. Según las recomendaciones recogidas por BBVA, los productos deben congelarse cuando todavía estén lo más frescos posible y mantenerse a una temperatura de -18 °C o inferior. Los alimentos perecederos refrigerados deberían conservarse preferiblemente por debajo de los 5 °C.
La distribución dentro del frigorífico también influye en su conservación. Carnes y pescados frescos deben situarse en las zonas más frías, mientras que frutas y verduras deben colocarse en los cajones destinados específicamente a estos productos. En cualquier caso, es aconsejable seguir las instrucciones del fabricante de cada electrodoméstico.
Otro aspecto clave es comprender correctamente la información de las etiquetas. La fecha de caducidad y la fecha de consumo preferente no significan lo mismo. La primera está vinculada con la seguridad alimentaria: superar ese plazo puede suponer riesgos para la salud y, por tanto, el producto debe desecharse.
El consumo preferente, en cambio, indica el periodo durante el cual el alimento conserva las características de calidad previstas. Una vez superada esa fecha puede perder cualidades como textura, sabor, aroma o color, pero eso no significa por sí mismo que deba tirarse. Gómez Pallarés recomienda consumir los productos preferentemente dentro del periodo óptimo, pero no desecharlos automáticamente cuando se rebasa esa indicación.
Incluso con una buena organización pueden aparecer excedentes. Antes de desecharlos, una alternativa consiste en compartirlos con familiares, amistades o vecinos. También existen redes específicamente destinadas al intercambio y la donación.
Entre ellas se encuentra Olio, una aplicación que permite poner a disposición de otras personas productos que ya no se necesitan, incluida comida. De esta manera, alimentos que probablemente acabarían convertidos en residuos pueden ser aprovechados por otros consumidores.
Cuando los restos ya no pueden utilizarse en la cocina, el compostaje ofrece otra posibilidad. Mediante este proceso natural, los microorganismos degradan la materia orgánica y la transforman en un material rico en nutrientes que contribuye a mantener suelos saludables. Para quienes no pueden disponer de un compostador doméstico, existen también iniciativas públicas y comunitarias destinadas a recoger y tratar estos residuos.
La reducción del desperdicio no termina en las decisiones individuales dentro del hogar. Compartir consejos y hábitos con otras personas puede ampliar el alcance de estas acciones. “La suma de acciones individuales puede tener un gran impacto en la salud del planeta”, sostiene Gómez Pallarés, que pone el acento en la necesidad de extender la concienciación social.
También es posible respaldar proyectos que promueven modelos de consumo diferentes. Entre las alternativas citadas por BBVA se encuentran los comercios que comercializan la denominada “fruta fea”, productos descartados por determinados establecimientos debido a criterios estéticos pese a ser aptos para el consumo.
A estas experiencias se añaden plataformas como Too Good To Go, que permiten a tiendas y restaurantes ofrecer a menor precio alimentos que no han vendido al finalizar la jornada, así como iniciativas locales destinadas a impulsar el consumo de productos de proximidad y temporada.
Para Gómez Pallarés, la expansión de este tipo de propuestas permite contemplar el futuro con cierto optimismo. El especialista considera que iniciativas que anteriormente tenían un carácter más simbólico están ganando terreno y comenzando a ofrecer resultados.
Reducir el desperdicio alimentario, por tanto, no depende de una única gran medida. Comprar con criterio, organizar las comidas, ajustar las cantidades, conservar correctamente los alimentos, distinguir las fechas de las etiquetas, reutilizar las sobras, compartir los excedentes, compostar y respaldar alternativas de consumo responsable forman parte de una misma estrategia: aprovechar mejor los alimentos y evitar que todos los recursos utilizados para producirlos terminen también en la basura.