
Los mercados mundiales de productos alimentarios afrontan la próxima campaña con una aparente fortaleza en términos de oferta, pero con un escenario de riesgo creciente. Así lo advierte la FAO en la nueva edición de su informe semestral Perspectivas alimentarias, donde dibuja un panorama de producción todavía elevado, aunque por debajo de los máximos recientes, y muy expuesto a factores externos que pueden alterar con rapidez tanto la disponibilidad como el acceso a los alimentos.
Según informa la FAO, la producción mundial de cereales se situará en 2026 en 2.982 millones de toneladas, lo que supondría una caída del 2,0 % respecto al año anterior. Pese a ese retroceso, la organización subraya que el volumen seguiría en cotas históricamente altas y que la oferta continuará respaldada por unas reservas abundantes. En paralelo, la utilización total de cereales seguirá aumentando, con un crecimiento del 1,0 % de la producción destinada al consumo humano. Sin embargo, el informe incorpora una señal de alerta social: el consumo per cápita de cereales podría reducirse un 0,4 % en los países de bajos ingresos y con déficit de alimentos.
La publicación analiza la evolución de la producción, el consumo, el comercio y las reservas de los principales productos alimentarios —cereales, oleaginosas, azúcar, carne, lácteos y productos pesqueros—, y añade en esta edición varios focos de atención que conectan alimentación, energía y comercio global. Entre ellos, las implicaciones de los combustibles alternativos para el transporte marítimo, la relación entre el azúcar y el etanol, la evolución de los mercados de fertilizantes y el coste global de las importaciones alimentarias.
“El sistema agroalimentario parece sólido desde el punto de vista productivo, pero los riesgos están aumentando y muchos de ellos pueden afectar rápidamente a la oferta y al acceso a escala mundial”, señala en el informe Máximo Torero, economista jefe de la FAO. En esa misma línea, el organismo insiste en la necesidad de reforzar la resiliencia de los sistemas alimentarios, preservar la fluidez del comercio y mantener operativas las cadenas de suministro, al tiempo que se preparan respuestas frente a perturbaciones meteorológicas de alcance local.
La FAO prevé una reducción de las cosechas mundiales de trigo, cereales secundarios y arroz en la próxima campaña respecto a los niveles extraordinarios registrados hasta ahora, aunque sin una caída abrupta gracias al colchón de existencias acumuladas. En el caso del trigo, la producción mundial en 2026/27 podría caer un 3,8 %, hasta 810,9 millones de toneladas. El descenso se explica por menores cosechas en algunos de los grandes exportadores, entre ellos Australia, la Unión Europea y Estados Unidos, donde actualmente se prevé una bajada del 21,3 %.
Para los cereales secundarios, la organización anticipa una contracción del 1,2 %, hasta 1.619 millones de toneladas. La menor superficie sembrada y los rendimientos más bajos en América del Norte explican buena parte del ajuste, aunque la FAO destaca mejores perspectivas en América del Sur, especialmente para el maíz en Argentina.
Frente a la corrección prevista en varios cereales, la soja mantiene una trayectoria expansiva. La FAO calcula que la producción mundial alcanzará un nuevo máximo de 432,3 millones de toneladas en 2025/26, apoyada en el crecimiento continuado de Brasil y la Federación de Rusia, que compensaría con holgura los descensos previstos en América del Norte, Argentina e India.
En cambio, el mercado de aceites vegetales apunta a una situación más ajustada. El informe prevé que el consumo mundial vuelva a superar a la producción en la campaña 2025/26, lo que endurecerá las condiciones del mercado y reducirá las reservas al cierre del ejercicio por tercer año consecutivo.
La FAO también actualiza sus previsiones para los mercados ganaderos y pesqueros. La producción mundial de carne crecerá previsiblemente un 1,0 %, hasta 391,3 millones de toneladas, impulsada por un aumento del 2,5 % en la producción de aves de corral. En cambio, se espera una disminución de la carne bovina.
En pesca y acuicultura, el organismo proyecta un avance del 1,0 % de la producción mundial en 2026, hasta 200,5 millones de toneladas. Ese crecimiento descansará en la acuicultura, que aumentaría un 2,9 % gracias al tirón de especies como camarones, salmón y carpas. La pesca de captura, por el contrario, se reduciría un 1,1 %, en buena medida por los recortes de cuotas en poblaciones relevantes del Atlántico norte —como caballa, arenque y posiblemente bacalao— y por la evolución de la anchoveta peruana.
Uno de los mensajes centrales del informe es que la evolución de los mercados alimentarios no puede entenderse ya al margen de la energía, el transporte y los insumos agrícolas. La FAO dedica un capítulo específico a la transición que impulsa la Organización Marítima Internacional hacia combustibles y fuentes de energía alternativas en el transporte marítimo. Según el análisis, ese cambio puede ser clave para avanzar hacia el objetivo de cero emisiones netas, pero también puede tener consecuencias relevantes para los mercados agroalimentarios, especialmente en los pequeños Estados insulares en desarrollo.
La publicación examina además la relación entre los precios del azúcar y del etanol desde 2012. La conclusión es que, aunque los ajustes a corto plazo están limitados por los ciclos de cosecha, la capacidad industrial y los contratos, la producción y las existencias sí responden de forma más gradual a las expectativas de rentabilidad.
Otro de los puntos críticos está en los fertilizantes. Según recoge la FAO, entre enero y abril de 2026 el volumen del comercio mundial de fertilizantes cayó entre un 20 % y un 25 % respecto al mismo periodo del año anterior. Aunque recientemente se ha moderado parte del alza de precios, el informe advierte de que persisten las preocupaciones de cara a la campaña 2026/27 por el estancamiento de las compras en mercados clave como América del Norte y Europa, especialmente en el caso del nitrógeno y el fosfato. Además, el mercado sigue siendo especialmente vulnerable a cualquier alteración del tránsito por el estrecho de Ormuz.
A esa presión sobre la producción y los insumos se suma el fuerte encarecimiento de la factura alimentaria global. La FAO ha revisado al alza su estimación del coste mundial de las importaciones de alimentos en 2025, que sitúa ya en 2,22 billones de dólares, un 7,9 % más que el año anterior y un nuevo máximo histórico.
El incremento se produce pese al descenso de los costes de importación de cereales, azúcar y semillas oleaginosas, y se explica por el encarecimiento de productos de mayor valor añadido. Según detalla la FAO, han subido con fuerza los precios del café, el cacao y las especias, así como los de los productos de origen animal, el pescado, las frutas y las hortalizas, importados sobre todo por los países de renta alta. De hecho, los países de ingresos altos, responsables de más de dos tercios del gasto mundial en importación de alimentos, elevaron su factura un 9,3 %. En los países de ingresos medianos altos el aumento fue del 4,0 %; en los de ingresos medianos bajos, del 7,9 %; y en los de ingresos bajos, del 6,7 %.
La FAO recuerda además que, en un análisis anterior, ya advirtió de que en contextos de elevada tensión geopolítica el impacto de una crisis del petróleo sobre el coste de las importaciones de alimentos puede llegar a ser casi el doble que en condiciones normales. La incertidumbre, las primas de riesgo, los seguros y las fricciones logísticas amplifican así la transmisión de las crisis energéticas a los mercados alimentarios.
En conjunto, el informe deja una idea de fondo: la producción mundial de alimentos resiste, pero la seguridad de los mercados depende cada vez más de variables externas —climáticas, energéticas, logísticas y geopolíticas— que escapan al campo y pueden redefinir, en cuestión de meses, el precio y la disponibilidad de lo que llega al plato.