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La mayoría de las conversaciones sobre sostenibilidad y fútbol suelen centrarse en las emisiones asociadas a los viajes o en la eficiencia energética de los estadios. Sin embargo, existe otro factor ambiental que gana relevancia en un contexto marcado por las sequías y las olas de calor: el agua.
La huella hídrica invisible del Mundial: el agua que va mucho más allá del césped

Con el Mundial de 2026 en marcha, organizado entre Estados Unidos, México y Canadá, el debate sobre la gestión sostenible de los recursos hídricos cobra especial interés. Más allá del mantenimiento de los terrenos de juego, un evento de esta magnitud moviliza a millones de personas y activa una extensa red de servicios vinculados al alojamiento, la restauración, el transporte, la limpieza y el turismo.

Los estadios representan solo una parte de la ecuación. Hoteles, restaurantes, zonas de ocio e infraestructuras turísticas también requieren importantes volúmenes de agua para su funcionamiento diario. A ello se suma la presión adicional que puede producirse en determinadas ciudades receptoras de visitantes, especialmente en un contexto en el que numerosos territorios afrontan episodios recurrentes de estrés hídrico asociados al cambio climático.

Diversos organismos internacionales vienen advirtiendo de la necesidad de mejorar la eficiencia en el uso del agua y reforzar la resiliencia de las ciudades frente a fenómenos extremos como las sequías prolongadas. En este escenario, los grandes acontecimientos deportivos se enfrentan al reto de incorporar criterios de sostenibilidad que permitan minimizar su impacto sobre recursos cada vez más limitados.

La cuestión no es únicamente cuánta agua se utiliza durante una competición de alcance global, sino cómo se gestiona ese recurso y qué medidas pueden adoptarse para reducir el consumo sin comprometer la experiencia de participantes y aficionados. Sistemas de reutilización, tecnologías de ahorro hídrico y una planificación adaptada a las condiciones climáticas locales son algunas de las herramientas que expertos y administraciones consideran cada vez más relevantes.

El Mundial de 2026 ofrece así una oportunidad para ampliar el debate sobre la sostenibilidad de los grandes eventos. Más allá de los focos y la competición deportiva, la gestión del agua se perfila como uno de los desafíos ambientales que marcarán el futuro del deporte internacional.

 
 
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