
El fútbol moviliza emociones, audiencias y economías a escala global. Cada Mundial implica millones de desplazamientos, estadios iluminados durante semanas, consumo masivo de productos y una infraestructura gigantesca puesta al servicio del espectáculo deportivo. En plena crisis climática, especialistas y organizaciones ambientales advierten que el desafío ya no pasa solo por organizar torneos exitosos, sino también por reducir su huella ecológica.
El impacto ambiental de un Mundial comienza mucho antes del pitido inicial. La construcción o remodelación de estadios, las obras de transporte, la logística internacional y el aumento del turismo generan un fuerte consumo de materiales, energía y recursos naturales.
Uno de los principales problemas ambientales asociados al Mundial es la movilidad internacional. Miles de aficionados, selecciones, periodistas, patrocinadores y equipos técnicos viajan constantemente entre países y ciudades, principalmente en avión, uno de los medios de transporte con mayores emisiones de gases de efecto invernadero.
A ello se suma la movilidad urbana durante la competición, el traslado de mercancías y el funcionamiento de toda la maquinaria logística que requiere un evento seguido por millones de personas.
Diversos estudios sobre sostenibilidad deportiva coinciden en que el transporte concentra gran parte de la huella de carbono de este tipo de torneos.
En los últimos años, los organizadores han comenzado a incorporar criterios ambientales en algunos estadios, como sistemas de eficiencia energética, paneles solares, reutilización de agua o reducción de residuos.
Sin embargo, expertos en urbanismo y sostenibilidad cuestionan qué ocurre después del torneo con muchas de estas infraestructuras. En varios países anfitriones, algunos estadios construidos para competiciones internacionales terminan infrautilizados o abandonados tras el evento, lo que incrementa el impacto ambiental y económico a largo plazo.
La sostenibilidad de un Mundial, señalan los especialistas, no depende únicamente de tener instalaciones “verdes”, sino también de garantizar un uso posterior útil y sostenible para las comunidades locales.
El Mundial también dispara el consumo global. Camisetas, merchandising, envases de un solo uso, pantallas, retransmisiones digitales y alimentos generan enormes cantidades de residuos y demanda energética.
Además, el crecimiento del streaming y de las plataformas digitales implica un mayor uso de centros de datos y redes tecnológicas que también consumen grandes volúmenes de electricidad.
La presión sobre los sistemas energéticos aumenta especialmente en países con altas temperaturas, donde la climatización de estadios y espacios públicos requiere un consumo intensivo de energía.
El deporte tampoco escapa a las consecuencias de la emergencia climática. Las olas de calor extremo, las tormentas intensas y otros fenómenos meteorológicos cada vez más frecuentes están obligando a modificar horarios, calendarios y protocolos de seguridad en distintas competiciones internacionales.
Expertos climáticos advierten que las altas temperaturas podrían alterar cada vez más la organización de eventos deportivos globales durante las próximas décadas.
Mientras falta cada vez menos para el inicio del Mundial y la expectativa crece en todo el planeta, también aumenta la presión para que el fútbol avance hacia modelos más sostenibles y responsables con el medioambiente.
Reducir emisiones, apostar por transporte público, limitar residuos, reutilizar infraestructuras y mejorar la eficiencia energética aparecen entre los principales desafíos para una industria deportiva global que mueve millones de personas y recursos.
El Mundial vuelve a demostrar el enorme poder de movilización del fútbol. La pregunta que empieza a ganar terreno es si ese mismo alcance global podrá convertirse también en una oportunidad para impulsar una transformación más sostenible dentro del deporte.