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¿Qué relación hay entre la Semana del Impacto de Barcelona, que acaba de concluir, y la próxima COP31, que se celebrará en Antalya (Turquía)? Ambas parten de una misma aspiración: que las personas y el planeta puedan prosperar juntos. Para ello hace falta una visión sistémica, capaz de comprender las interdependencias entre las decisiones de personas, empresas e instituciones. Mantener esa perspectiva resulta difícil en medio del ruido cotidiano, la inmediatez de las redes sociales y el clima político actual. Sin embargo, es imprescindible para reducir las emisiones y confiar en que las conversaciones y negociaciones de las COP se traduzcan en resultados.
De Barcelona a Antalya: impacto social y descarbonización industrial

Los avances en los tres grandes ámbitos de la política climática son cuestionables. En mitigación, la transición energética avanza gracias al despliegue de las energías renovables y a una mayor eficiencia energética, pero las emisiones siguen aumentando. De acuerdo al UN-emissions gap report 2025, el incremento de emisiones globales (GtCO2e) entre 2023 y 2024 fue del 2,3%, alrededor de un 50% superior al registrado entre 2022 y 2023 (1,6%) y casi cuatro veces la media anual de la década de 2010 (0,6%). Al desglosar las cifras, se observa que la reducción de emisiones en Europa queda más que compensada por el aumento en los países que producen materiales y bienes que consumimos. En adaptación también hay resultados concretos, como los sistemas de alerta temprana, cuya utilidad vuelve a quedar patente ante episodios de lluvias extremas; aun así, las medidas no se están ampliando con suficiente rapidez. En pérdidas y daños, el avance se concentra en los compromisos institucionales, pero todavía falta canalizar apoyo suficiente y con rapidez a los países que lo solicitan. En julio del 2026, había 176 solicitudes de 119 países por un importe total aproximado de 2.800 millones de dólares estadounidenses para contar con fondos del FRLD (Fund for responding to Loss and Damage; un nuevo canal de financiación multilateral). Dato que contrasta con los compromisos de aportación al fondo por valor de 786 millones de dólares de 27 donantes, y la asignación real efectuada hasta la fecha de unos 300 millones[1].

Los tres ámbitos compiten por recursos y atención. Sin embargo, la relación entre los tres es acumulativa: una mitigación insuficiente aumenta las necesidades de adaptación y, cuando esta no basta o alcanza sus límites, crecen las pérdidas y los daños. Por eso, la presidencia de la COP31 propone dar prioridad a la mitigación y, en particular, a la descarbonización industrial. La industria genera alrededor del 25% de las emisiones globales. El plan de “industrialización verde” se centra en sectores difíciles de descarbonizar, como el acero, el cemento, la química, el aluminio y los fertilizantes, y busca asegurar el suministro de estos materiales mediante la competitividad y la innovación. Sin embargo, descarbonizar la producción sin revisar también la demanda de los sectores que utilizan esos materiales difícilmente reducirá las emisiones al ritmo necesario. El modelo actual de producción y consumo sigue ejerciendo presión sobre recursos escasos, incluso si algunos procesos se descarbonizan. Además, la reducción de emisiones en ciertos eslabones de las cadenas de suministro no elimina la dependencia de los combustibles fósiles en otros, por ejemplo, el diésel para la maquinaria y el transporte pesado o el gas para generar calor en procesos productivos y aportar flexibilidad al sistema eléctrico. Ante un presupuesto de carbono delimitado por el objetivo del Acuerdo de París, la pregunta es qué necesidades sociales son prioritarias. El IPCC estimó que, desde comienzos de 2020, quedaban 1.150 Gt de CO₂ para mantener una probabilidad del 67% de limitar el calentamiento a 2 °C respecto de los niveles preindustriales. Según las cifras citadas, entre 2020 y 2025 ya se habrían emitido 248 Gt, cerca del 22% de ese presupuesto.

La vivienda asequible ocupa un lugar destacado en la agenda pública. Para garantizarla, hay que ir más allá de producir acero y cemento con menos emisiones: también se puede rehabilitar el parque de viviendas existente y construir de forma industrializada con materiales que pueden almacenar más CO₂ del que emiten al producirse (por ej, madera para estructuras y fibras vegetales para aislamiento y paneles). La movilidad es otra necesidad básica. Satisfacerla exige más que sustituir los coches de combustión por eléctricos; también requiere impulsar la movilidad multimodal, el transporte público y las opciones compartidas. En alimentación, además de reducir las emisiones asociadas a los fertilizantes, conviene explorar formas de producción que mantengan la productividad del suelo a medio y largo plazo, favorezcan la biodiversidad y reduzcan el riesgo de incendios. En salud, junto con la producción de fármacos, hacen falta soluciones que promuevan el bienestar y ayuden a prevenir enfermedades. Todo ello requiere innovación empresarial y emprendimiento.

Europa necesita una industria competitiva e innovadora. Combinar políticas que aseguren el suministro de materiales clave con una reflexión sobre qué tipos de demanda responden a necesidades esenciales puede contribuir a reducir las emisiones y a convertir los compromisos climáticos en resultados concretos.

[1] PRESS RELEASE Fund for responding to Loss and Damage: https://www.frld.org/sites/default/files/Press%20Release_Post%20B.9%20communique.pdf

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