
<<Te conviertes precisamente en aquello a lo que prestas atención>>
(aforismo estoico)
A este respecto, cabe advertir que, con demasiada frecuencia, al pensar en los líderes y su compromiso ético, muchos los conciben ante todo como sujetos irreprochables que no infringen jamás las normas morales ni cometen faltas éticas, una especie rara de eximios "cumplidores". Incluso, se tiende a verlos como personas ejemplares por completo, unos modelos impolutos de perfección: los superhombres o las supermujeres morales al frente de una institución. También, en la línea de esta tendencia casi diríamos “puritana” o de escrúpulo maximalista, se los representa a menudo como celosos y vigilantes catones, censores o fiscalizadores de las inmoralidades ajenas.
El caso es que esta orientación provoca, en ocasiones, el que los supuestos líderes consuman la mayor parte de sus energías en combatir y destruir el mal, antes que en impulsar lo bueno o alentar lo mejor en las personas y grupos. Ello supone un craso error pues, como el estoicismo denunció, los sujetos humanos nos transformamos en aquello que centra nuestra atención, y esto mismo nos gobierna hasta convertirse en nuestro dueño. Si nos concentramos por lo tanto ante todo en el defecto, en lo que no va bien, este se apoderará poco a poco de nosotros.
Cuando observamos este fenómeno en las organizaciones, detectamos efectivamente cómo muchos líderes aparentes gastan lo fundamental de su tiempo y energías en rastrear, denunciar y señalar los defectos o errores. Esto, ya se trate de los de sus propios equipos o de los de sus rivales o competidores, tanto externos como internos.
Ahora bien, tal enfoque olvida que el verdadero líder enfoca su labor en promover el bien, y no tanto en fustigar a quienes se le oponen. Es esencial, entonces, captar que quien lidera con ética, o incluso que la ética misma del liderazgo representa una realidad que bascula sobre un eje capital: la promoción de la creatividad, propia y ajena, en su mejor y más hondo sentido.
La persona que lidera es, por encima de todo, creativa, no destructiva. En ello reside el ejercicio de la libertad, que conlleva la posibilidad de incurrir en el error, sabedores de que ese precioso don del ser humano, la libertad, tiene como toda moneda su reverso: la responsabilidad.
Lo anterior no excluye, por descontado, el deber de quien lidera de corregir adecuadamente, con sabiduría y mesura, aquellas conductas que merezcan reproche. Pero esto siempre desde la óptica constructiva y hacia el desarrollo de lo positivo en los sujetos y equipos. La crítica resulta necesaria, y más a uno mismo, en esta sociedad tan asolada por la manipulación. Pero ha de ejercerse de una forma creativa, no destructiva, con la conciencia de saber que el reproche moral no constituye nunca un fin en sí, sino un camino para la mejora continua.
Por otro lado, ya Gracián, maestro de líderes, enseñó lo mismo aconsejando que la persona centrara su atención en sus valores antes que en sus defectos, al escribir que ningún ser humano fracasa si se apoya sobre su mejor virtud. Esta perspectiva resulta, hoy, fundamental de cara al fomento de un liderazgo ético dentro de nuestras fronteras e instituciones.
De acuerdo con lo antedicho, conviene recordar que fomentar la creatividad con eficacia en nuestro entorno reclama lógicamente practicarla primero uno mismo. Y esa creatividad posee, sin duda, una dimensión ética. Aún más, cabe notar que existe toda una específica “creatividad ética”, como con agudeza ha advertido J. A. Marina. Así, según enunció Aristóteles en su Ética a Nicómaco, el ser humano está llamado a buscar la felicidad a través de unas relaciones fecundas con los otros, y ello demanda inevitablemente el desarrollo de un carácter moral -un "ethos"-, mediante el vivir valores éticos al realizar actos justos, respetuosos, generosos, etc. Y, en concreto, si hablamos de un ethos corporativo o grupal, ya no meramente individual, entonces, asimismo, este participar comunitario en valores resultará clave para el porvenir de la institución y por ende se revestirá de un tenor normativo en su seno.
Al responder de modo continuado o estable a las apelaciones de los valores éticos, conformamos unos hábitos -virtudes- que, arraigados en nosotros, engendran toda una personalidad moral, ya sea personal o comunitaria, una forma duradera de ser, una cierta “segunda naturaleza” de tipo ético (Zubiri). He aquí, en suma, creatividad. Mas una creatividad moral; no solo de meras ideas.
Con lo anterior conecta el célebre aserto que refiere este tenor creativo de nuestra existencia: “Todos somos padres de nosotros mismos e hijos de nuestros actos” (algo que podrían enunciar también las organizaciones y equipos humanos). O el de: “siembra un acto y cosecharás un hábito; siembra un hábito y cosecharás un carácter; siembra un carácter y cosecharás un destino” (es sabido que estudios actuales, de tipo sociológico y psicológico, muy numerosos, revelan, en efecto, que la percepción de la felicidad pende más de nuestro carácter integral a largo plazo, que de los eventos puntuales exteriores que nos acaecen). Esto, obviamente, se aplica también en la dimensión grupal y, de este modo, el devenir organizativo se ve afectado igualmente por el desarrollo de un carácter compartido mediante el cultivo de una cultura institucional ética.
Pero ¿cuántos de nuestros líderes actuales e instituciones alcanzan a poner el foco ético en lo creativo -en su sentido de lo que genera relaciones constructivas-, en el proponer lo bueno antes que en el destruir? No demasiados, por lo que se muestra en los medios... Y, sin embargo, este es el más profundo secreto del liderazgo.
Llevados por una furia de señalamiento de lo malo, muchos agotan su liderazgo sin prestar la atención necesaria a su auténtica misión: inspirar y alentar valores, colaborar a formar y desarrollar lo mejor en los demás, engendrar una cultura organizativa que coopere a hacer crecer, por ósmosis y sana emulación, la excelencia y el talento, una excelencia y un talento también con respecto a los valores éticos.
Debido a lo precedente, los líderes verdaderamente creativos no buscan acaparar el mérito ni imponer su visión. Practican la generosidad al compartir ideas, fomentar el talento de los compañeros y generar espacios donde pueden también ser creativos los demás. La suya es una creatividad que engendra las condiciones donde crece la creatividad del otro, en lugar de cercenarla. Por esto, el liderazgo o es creativo o no es, aunque no pueda reducirse exclusivamente a la creatividad, por supuesto.
La justicia se revela, de este modo, como una virtud esencial del liderazgo ético, y se manifiesta en el reconocimiento de todo lo aportado por la creatividad ajena. Esto demanda, a su vez, otra virtud cardinal, la templanza, que impide que la creatividad degenere en un mero capricho arbitrario o en una búsqueda narcisista de novedad sin fundamento. Finalmente, la humildad permitirá, a quien ejerce un liderazgo creativo, reconocer los límites de su propia perspectiva y aprender de las propias limitaciones. Pero, en este momento, ¿aquellos que son considerados como líderes dan ejemplo de esta forma virtuosa de vivir la creatividad?
Lo que denunciamos, en suma, consiste en el hecho de que nuestros supuestos líderes y sus camarillas están extraviando el imprescindible sentido de la integridad y de la rectitud con tanto denostar y reprobar a los demás, orientándose sólo al mero desgaste de los otros. Todo líder debe, sin embargo, transformarse en una mirada capaz de descubrir lo bueno y lo fecundo, a fin de cultivarlo. El escenario ético de nuestro liderazgo actual, en cambio, recuerda la obra de Conrad Los duelistas, en la que dos militares pertenecientes al mismo bando nacional pasan sus vidas enfrentándose e hiriéndose recíprocamente. El benéfico efecto Merlín, por el contrario, predice lo positivo en nuestro prójimo y, al anticiparlo, lo incentiva.
Tal vez, en definitiva, nuestra reflexión recomiende algo en parte semejante a esa máxima paulina de que hay que “vencer el mal con el bien”. En cualquier caso, probablemente, atenderla nos ahorraría ciertos espectáculos muy poco edificantes de boxeo moral, en los que los púgiles buscan dejarse K.O. éticamente a cualquier precio, y terminan tan destrozados y desfigurados que ni siquiera cabe la victoria por puntos, pues la sangre lo ha salpicado todo hasta dejar ciegos incluso a los árbitros.
(Grupo de trabajo “Observatorio para la ética del liderazgo” del Instituto de Oficiales de Cumplimento -I.O.C.- dirigido por el Dr. D. Javier Barraca Mairal de la URJC)