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El tiempo de los discursos ha terminado: la urgencia de actuar frente a la crisis climática

El cambio climático se ha consolidado como una de las principales preocupaciones entre la juventud, aunque sigue existiendo una brecha entre la preocupación y la acción

Llevamos años viendo cómo los medios de comunicación tratan de visibilizar tímidamente lo que llevamos años advirtiendo: el cambio climático ya no es un enemigo invisible y desconocido, sino una realidad peligrosa que ya estamos viviendo. Lo curioso de todo esto es que, viviendo en un mundo hiperglobalizado donde constantemente nos llega información de cualquier índole y parte del globo, apenas se menciona lo que vivimos: una gran crisis climática de consecuencias cada vez más irreversibles. Según el IPCC, los efectos del calentamiento global ya son “generalizados y rápidos”, y la ventana de actuación para evitar sus peores consecuencias se está cerrando en esta década. Y, sin embargo, seguimos tratándola como si aún fuera un problema del futuro.

Y, aunque los tiempos han cambiado y la forma en la que actuamos y transmitimos la información también, ahora es más que necesario adaptar nuestras formas de acción a los nuevos tiempos, para que nuestro discurso no se quede en meras palabras sin incidencia real, sino que pase a tener peso en las instituciones y organismos internacionales y genere un cambio estructural.

Para empezar a generar ese impacto hoy, primero debemos entender que la acción individual no es suficiente. Es decir, para generar un cambio estructural de tales dimensiones, hay que pasar a la acción colectiva, desde los más jóvenes hasta personas con más experiencia. Porque esta crisis es una lucha cuyos efectos no solo se limitan a nuestro país, sino que se viven en todas las partes del mundo. Por eso, hay que tejer una red colectiva global que consiga llevar a los organismos internacionales quejas, demandas y propuestas como la descarbonización de la economía mediante impuestos directos al carbono o la eliminación progresiva de subsidios a combustibles fósiles.

Esto ya se está viendo, por ejemplo, en espacios como la LCOY, donde cientos de jóvenes de todo el país se reúnen para formarse, debatir y elaborar propuestas que posteriormente llegan a las COP. Este espacio, replicado a nivel internacional, está permitiendo que la presión colectiva llegue hasta los más altos organismos internacionales de forma colectiva y organizada. Ejemplos similares pueden verse en movilizaciones juveniles globales como Fridays for Future, que han logrado situar la crisis climática en el debate político internacional.

Aún así, hacer acción climática no solo implica agruparse y crear estrategias conjuntas entre las instituciones y la sociedad civil. Va mucho más allá de eso. Es imprescindible que las empresas asuman su responsabilidad y empiecen a implicarse en la causa. Pero, necesitamos una implicación real, sin promesas vacías ni medias acciones. No queremos que se laven las manos con discursos, queremos medidas drásticas que ayuden a la descarbonización, a reducir de forma efectiva las emisiones y a abandonar los combustibles fósiles. En pocas palabras, a dejar de contribuir a la crisis climática.

 

Y, aunque la acción colectiva es imprescindible, esta también se construye desde lo individual. Mediante pequeñas acciones como crear contenido en redes sociales explicando la crisis climática, sus efectos o cómo podemos aportar a la causa, damos más visibilidad al problema. Y no solo eso, sino que también llevamos el mensaje a las generaciones más jóvenes, ayudando a desmentir los bulos que circulan por las redes sociales con datos y animándolas a que también se impliquen.

Además, debemos empezar a fomentar proyectos, charlas y talleres en espacios educativos como escuelas, institutos o universidades, para que las próximas generaciones crezcan más concienciadas. Según la UNESCO, la falta de formación en sostenibilidad limita la capacidad de respuesta social ante la crisis climática. Todo esto debería llevarse a cabo con un lenguaje más accesible y menos técnico, pero sin perder rigor en el mensaje, evitando tecnicismos que puedan generar una barrera y alejar a quienes, aunque estén interesados, se sienten abrumados o desconectados.

La crisis climática ni espera ni se resuelve sola, y la evidencia científica es clara: cada año de inacción reduce el margen de maniobra. El tiempo de los discursos ha terminado; ha llegado el momento de actuar.

La cuestión es: ¿cuánto estamos dispuestos a hacer y cuándo?

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