
El famoso mal de altura no parece afectar sólo cuando escalas la cima de una montaña por encima de los 2500 metros, algunos lo sufren en las cumbres del poder. Apenas hace unas semanas lo hemos presenciado durante la rueda de prensa que Florentino Pérez dio el pasado 12 de mayo. Algo similar ocurrió hace no tanto con Rubiales, cuando todavía era Presidente de la RFEF. El espectáculo que cada día dan políticos, de ambos sexos y diferentes países, en los medios de comunicación, es otro alarde de borrachera de poder y falta de consciencia, autocrítica y responsabilidad.
Si el ascenso a la cumbre es muy rápido, y sin la adecuada aclimatación, los síntomas del mal de altura se agravan. Los casos de Enron, Theranos, con su fundadora Elizabeth Holmes a la cabeza, Sam Bankman-Fried con la plataforma de criptomonedas FTX, o el famoso “Lobo de Wall Street”, Jordan Belfort, son algunos ejemplos.
Julie Diamond dice, en su libro “El Poder” que la atmósfera que rodea al estatus elevado y al poder altera tanto la mente como estar sometido a la falta de oxígeno en la cima del Everest. En ambos casos nuestro juicio se ve disminuido y nuestra percepción distorsionada. Creemos que podemos hacer lo que queramos, decir lo que nos plazca, comportarnos de forma chulesca, soez, autoritaria, prepotente, desconsiderada, machista, avasalladora, sin que haya consecuencias, porque creemos que tenemos el control, el poder, que somos intocables.
Florentino Pérez da buena muestra de ello cuando dice “me tendrán que echar a tiros porque tengo el apoyo de todos los socios del Real Madrid”, una actitud muy diferente de aquella del 2006 en la que dimitió como Presidente por “un ejercicio de responsabilidad y coherencia”, porque el Madrid necesitaba aire nuevo para superar la crisis en la que estaba. Cómo embriaga la acumulación de poder en 20 años, sobre todo cuando llevas 17 como Presidente del Real Madrid y tu patrimonio ha crecido de forma extraordinaria en las últimas dos décadas. Según el Huffpost[1] es uno de los hombres más poderosos de España.
La diferencia entre un alpinista en el Everest y una persona en la cumbre del poder es que el primero sabe que está mal (tiene vómitos, mareos, cansancio) y, por tanto, toma medidas para remediarlo; el segundo se siente en la gloria celestial, el Dios del universo, por eso en lugar de cambiar su comportamiento, lo mantiene, lo refuerza e intensifica. A medida que el poder altera la percepción, aumenta la confianza en uno mismo y la desinhibición, de ahí que se comentan atropellos, abusos de autoridad.
Es paradójico como en la montaña a medida que aumenta la altura disminuye el oxígeno y en la cumbre del poder a medida que se asciende se eleva la autoestima y la autoconfianza y disminuye la autoconciencia y la empatía. Esto es lo que explica porque no se usa bien el poder y se abusa de él, porque para usarlo bien hace falta consciencia y empatía, además de responsabilidad.
Muchos de los que ostentan el poder lo usan como un privilegio para obtener ventajas, beneficios, para gozar de excepciones a obligaciones que no están disponibles para todos. Para imponer sus intereses, sus deseos, para obtener lo que quieren sin tener en cuenta a los demás. Comportamientos nada empáticos y responsables.
Sin embargo, el poder no es sólo imponer nuestra voluntad sobre otros, como dijo Max Weber, el “poder sobre otros”, la dominación y el control, sino también la capacidad de producir un efecto en nuestro entorno. Como dice José Antonio Marina en su libro “La pasión del poder” no se trata únicamente de mandar, sino de tener capacidad de actuar, influir y transformar situaciones. Lo preocupante es que ese “poder sobre” y su abuso son la norma, en lugar de ser la excepción.
Incluso muchas personas que ostentan el poder y comienzan usándolo para mejorar la sociedad, para contribuir al bien común, acaban obsesionados con mantenerlo, conservarlo e incrementarlo. El “poder sobre” es como una droga porque calma nuestras necesidades de seguridad, autoestima, reconocimiento y control de la incertidumbre. Nubla la razón, porque a medida que vas ascendiendo y disfrutando de más poder, se te olvida mirar hacia abajo y hacia los lados, solo sabes mirar hacia arriba, buscando como ascender al próximo escalón.
Cuando solo miras hacia arriba la visión es muy limitada y muy sesgada, te desconectas de la realidad, dejas de ver a los otros, de percibir el impacto de tus actos en los demás, de darte cuenta del sufrimiento ajeno, de desligarte de la responsabilidad ética hacia los demás. Es en este punto donde las personas caen en lo que Zygmunt Bauman describe como “ceguera moral”: una incapacidad progresiva para ver al otro como alguien que merece atención ética.
El poder no debería ser un privilegio asociado a la ventaja personal, el dominio de los otros, el elitismo que da acceso exclusivo a recursos, porque da lugar a sociedades desiguales, injustas e insanas. El poder es una responsabilidad, debe ponerse al servicio del bien común, la ética, el cuidado de los demás. Un poder que es más colectivo que individual, como vislumbro Hannah Arendt, quien lo entendía como capacidad de actuar juntos para lograr cosas juntos, fruto de la participación y el consenso y no de la imposición y la dominación.
De nuevo estamos asistiendo a un abuso del poder que pagaremos caro en el futuro. El que están ejerciendo las empresas tecnológicas, preocupadas mucho más por dominar y controlar el mundo y engordar su cuenta de resultados, que por el bienestar de sus usuarios. Nos engatusan con sus ventajas, que no niego que las hay, a la vez que las hacen más adictivas, controlan nuestra privacidad, nos monitorean y vigilan, se apropian de nuestros datos y esconden sus efectos negativos sobre la salud o nuestras capacidades cognitivas.
Como en toda responsabilidad en la del poder también hay dos partes, la de quienes lo ejercen sobre otros, y la de quienes lo permiten o declinan ejercer el suyo, porque todos, quien más o quien menos, tenemos un poder personal del que también podemos y debemos hacer un uso responsable. El poder como responsabilidad también implica cuestionar ese “poder sobre”, no plegarnos a él y hacerle frente. Evitar el abuso de poder requiere conciencia por quien lo ejerce y conciencia crítica por quien lo padece.
Quizás no basta con saber “autoliderarse” y sea la hora de aprender a desarrollar el “poderazgo” para actuar con más responsabilidad ante el poder.
[1] Fuente: “Florentino Pérez, su dinero, sus negocios y su patrimonio: así es la fortuna que ha amasado uno de los hombres más poderosos de España” Alberto R. Aguiar. Huffpost. 12/05/26. https://goo.su/6lvXB