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El emprendimiento social lleva algunos años convirtiéndose en una conversación cada vez más frecuente en distintos ámbitos. La verdad es que, haciendo memoria, si pensamos en el ecosistema de emprendimiento social en España hace cinco años, es fácil ver que la situación ha mejorado, o al menos que la idea se ha extendido considerablemente. No es que sea un concepto que maneje todo español a diario, pero al menos ya no es una idea de cuatro locos que abrazan árboles. Y eso en sí mismo ya es una buena noticia.

Pero desde nuestra perspectiva de emprendedores, hay algunos retos fundamentales que afrontamos en 2019 y de cara a los próximos años:

Ser una empresa social no es mejor ni peor a priori, pero es necesario que sepamos qué significa, qué compromisos requiere y qué ventajas puede suponer. Porque lo cierto es que, si las organizaciones sociales de diverso tipo tienen sus propias figuras jurídicas y ventajas fiscales diversas (aparejadas a importantes requisitos de transparencia, buen gobierno, etc.), las empresas sociales deberían tener las suyas propias siendo organizaciones que existen para el impacto social.

Y más allá de estos retos específicos, los emprendedores sociales seguiremos luchando con los retos comunes de todo emprendedor, ¡que no son pocos! Pero el reto de verdad es convencernos todos de que merece la pena esforzarse por hacer cosas bien hechas y buenas, y de que los destinos que merecen la pena suelen implicar caminos difíciles.

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