
Existe una idea instalada en los equipos de calidad que empieza a resultar incómoda: la de que la inteligencia artificial vino a automatizar la inspección, a poner un dashboard más vistoso sobre lo que ya hacíamos, a resolver de forma más rápida lo que antes resolvía una persona con una checklist. Que la IA es, en el fondo, una versión más veloz de lo mismo. Llevamos meses comprobando en el sector que esa lectura se queda corta, y que el cambio real no está en la velocidad, sino en el momento en el que actuamos: antes detectábamos el fallo; ahora lo anticipamos.

¿Qué capacidades humanas debemos cultivar para habitar responsablemente el mundo que estamos construyendo?La inteligencia artificial representa probablemente el desarrollo tecnológico más acelerado de la historia. Cada semana aparecen nuevos modelos capaces de escribir, traducir, programar, sintetizar miles de páginas en segundos, analizar grandes volúmenes de información, generar imágenes y vídeos, apoyar diagnósticos médicos o asistir procesos de decisión complejos. Y esto es solo el comienzo.

Cuando pensamos en los sectores con mayor impacto ambiental, solemos pensar en la industria, el transporte o la construcción. Las artes escénicas, en cambio, rara vez entran en la conversación. ¿Cuánto contamina realmente una gira teatral o un festival? Durante años, cuestiones como el transporte de equipos, las escenografías complejas, el consumo energético intensivo y los materiales que, en muchos casos, acaban desechados tras pocas funciones, han estado fuera de los focos. Pero eso ha cambiado.

El nuevo Reglamento Europeo de Baterías, que entrará en vigor en 2027, permite avanzar hacia un modelo tecnológico más sostenible donde reparar, reutilizar y alargar la vida útil de los dispositivos tenga peso. En la mayor parte de los casos, la sostenibilidad nos hace pensar en las energías renovables, la movilidad eléctrica o la reducción de emisiones. Pero pocas veces nos detenemos a pensar en algo tan cotidiano como la vida útil de los dispositivos tecnológicos que utilizamos a diario.

El 4 de junio fue el Día de la Sobrecapacidad de España: la fecha en la que, según los cálculos de Global Footprint Network, nuestro país agotó todos los recursos naturales que el planeta puede regenerar en un año entero. A partir de ese día, los más de seis meses restantes de 2026, vivimos a crédito ecológico. Un crédito que nadie firmó, que nadie aprobó, y cuya factura no nos llegará a nosotros, sino a los que vienen detrás.

A menudo nos sorprende el ver cómo conocidas organizaciones muy diversas -empresas, partidos políticos, órganos de supervisión, centros de estudios y de investigación, ONG, organismos internacionales, etc.-, fallan estrepitosamente en su responsabilidad. Esto, aun estando dotadas de sistemas de control y de cumplimiento ético y jurídico. Ante este hecho, cabe preguntarse qué está sucediendo con nuestras instituciones… ¿Por qué ocurre así y cómo remediarlo?

La escena se desarrolla en la Roma del año 46-45 a.C., en un momento decisivo para la historia política de Occidente. Julio César, convertido ya en el gran centro alrededor de quien gravita el poder de Roma, obliga a Laberio, caballero romano y dramaturgo, a subir al escenario para competir públicamente contra Publilio Siro.

Cuando hablamos de transición energética solemos pensar en grandes infraestructuras, en redes, en renovables, en industria o en movilidad. Todo eso es imprescindible, pero hay un lugar mucho más cotidiano donde esa transición se juega cada día: nuestras casas.

En este 2026 se han cumplido cuarenta años de la muerte de Jiddu Krishnamurti, uno de los pensadores más singulares del siglo XX. Filósofo, escritor y extraordinario orador que dedicó gran parte de su vida a una tarea tan sencilla de formular como compleja de llevar a cabo: invitar a cada persona a conocerse profundamente a sí misma.

Hay una verdad incómoda que el mundo corporativo aún se resiste a afrontar: el voluntariado no es caridad, es estrategia. Y una de las más poderosas. Mientras muchas empresas siguen invirtiendo millones en formación formal, plataformas de cursos y programas de desarrollo, ignoran una herramienta capaz de generar algo que ningún taller impartido en un hotel puede ofrecer: una verdadera transformación humana.