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El sistema capitalista y el patriarcado no entienden de fronteras. Si algo nos une a las mujeres del mundo entero es la opresión y la situación de desigualdad en la que nos encontramos respecto de nuestros pares varones. Con la crisis climática sucede lo mismo. Si bien es cierto que los países del sur global sufren de manera más fuerte los efectos del cambio climático y el precio del consumo desmedido de los países más ricos lo pagan los más pobres, el calentamiento global tiene sus efectos en Burundi y en Nueva York; en La paz y en Madrid.

El modelo de desarrollo actual es inconducente. Lo sabemos. Lo han dicho desde diferentes corrientes teóricas y diversos activismos. Si seguimos consumiendo del modo en el que lo hacemos, la tierra no aguantará. Los recursos naturales no son finitos y más temprano que tarde se acabarán.

La bióloga Argentina Sandra Díaz, premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica y premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Ecología y Biología de la Conservación en 2021, entre otras distinciones internacionales lo dice con claridad: “El cambio global es difícil, pero no hay plan B”. El Informe Global de la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (Ipbes) redactado por Díaz junto a 145 expertos y expertas, evaluó los cambios en los últimos cincuenta años de la relación entre el desarrollo económico y su impacto en la naturaleza. El resultado fue alarmante: la biodiversidad está disminuyendo a un ritmo sin precedentes y la tasa de extinción de especies se está acelerando, al igual que los efectos en las personas.

También lo dijeron los jóvenes por el clima “no hay planeta B”, pues entonces ¿cuál es nuestro plan A? Cambiar. Necesitamos de manera urgente deconstruir nuestro modelo de desarrollo actual de explotación desmedida de los recursos naturales. Le hemos declarado la guerra a la vida. Contaminando los ríos, los mares, el aire que respiramos. Explotando los recursos naturales en pos del crecimiento económico y el tan anhelado desarrollo económico. El mantra del “crecimiento” se ha vuelto nuestro peor enemigo. La guerra que ha declarado el sistema capitalista es contra la vida, es contra nosotros mismos.

Es entonces, ante la urgencia de poder pensar otros sistemas posibles, a donde los aportes teóricos de la perspectiva del ecofeminismo no esencialista resultan de gran valía. El término ecofeminismo refiere los planteamientos que surgen al alero de diversos movimientos feministas y pacifistas entre los años 70 y 80, en distintos lugares del mundo. Los aportes más influyentes en aquella época levantan una crítica a la ciencia, la técnica y al patriarcado, buscando recuperar y resignificar la relación Mujer/Naturaleza. Si bien estos primeros esbozos se trazaron en el Norte, la categoría del “buen vivir” nacida en Latinoamérica tiene innumerables puntos en común. A mediados de los años ochenta, la obra “Stayingalive” de Vandana Shiva, abrió la posibilidad de creación de un ecofeminismo poscolonial, que servirá de fuente de inspiración, discusión y reformulación hasta nuestros días.

El ecofeminismo, ubicado en la línea crítica y no esencialista apunta que los seres humanos, somos interdependientes entre nosotros mismos y de la naturaleza; sin embargo, el sistema-mundo capitalista propone una guerra contra la vida: por un lado, una guerra contra la naturaleza y, por el otro, contra los vínculos que permiten sostener la vida humana (Herrero, 2016). En esta línea argumental, el ecofeminismo plantea que tanto la crisis medioambiental como la crisis de la sostenibilidad de la vida inciden de manera particular y negativamente sobre las mujeres.

Entre otras razones, y como consecuencia del desigual sistema de relaciones de género, porque asigna a las mujeres una vinculación más estrecha con la naturaleza, la cual es producto del pensamiento dualista cartesiano que estructura el mundo en dualismos jerarquizados y sexualizados que separan la realidad en pares: hombre/mujer, producción/reproducción, razón/emoción, mente/cuerpo, cultura/naturaleza (Herrero, 2013; Svampa, 2015). En estos pares, la primera posición se asocia con la masculinidad y se percibe como jerárquicamente superior, mientras que la segunda se relaciona con lo femenino y se configura como inferior y por ello se desvaloriza.

La española Celia Amorós dirá que la comprensión de la cultura como superación de la naturaleza justifica ideológicamente su dominio y explotación. La consideración de la primacía de lo masculino (asociado a la razón, la independencia o la mente) legitima que el dominio sobre el mundo físico lo protagonicen los hombres, y las mujeres queden relegadas al cuerpo, al mundo inestable de las emociones y a la naturaleza.

Así, el ecofeminismo es una corriente diversa de pensamiento que denuncia que la economía, la cultura y política hegemónicas a nivel global se han desarrollado en contra de las bases materiales que sostienen la vida y propone formas alternativas de reorganización económica y política, de modo que se puedan recomponer los lazos rotos entre las personas y con la naturaleza. ¿estaremos a tiempo? Yo creo que sí. La mirada ecofeminista permite tomar conciencia de oposición y conflicto entre el capital y la vida, y puede ayudar a reconfigurar la lógica política y económica actual.

La antropóloga española Yayo Herrero, referente indiscutida del ecofeminismo, lo explica con claridad meridiana: la vida, y la actividad económica como parte de ella, no es posible sin los bienes y servicios que presta el planeta (bienes y servicios limitados y en progresivo deterioro) y sin los trabajos de las mujeres, a las que se delega la responsabilidad de la reproducción social. Una doble explotación: la tierra y el cuerpo de las mujeres.

El cambio climático avanza sin que los aparentes esfuerzos institucionales desemboquen en una reducción real de las emisiones de CO2. Pese a los esfuerzos, lo cierto es que aún los resultados son insuficientes. Pasan los años, los gobiernos, las leyes y hasta pasan pandemias y mientras tanto la biodiversidad se reduce de forma significativa. Muchos recursos se agotan sin encontrarse sustitutos; el acceso al agua no contaminada es cada vez más difícil; y crecen las desigualdades en las que una parte de la humanidad se enriquece a costa de devastar los territorios de los que depende la supervivencia de la otra. Esta crisis ecológica ante la cual nos encontramos y que bien explica Herrero, es grave y ya no podemos esperar. La valiente Greta Thunberg con los ojos mojados frente a la inacción de líderes mundiales respecto de la emergencia climática preguntó ¿cómo se atreven? (how dare you?) o mejor dicho ¿cómo nos atrevemos?  

Nuestras sociedades capitalistas se han construido de espaldas a las bases materiales que sostienen la vida. Una economía que prioriza el crecimiento económico y la acumulación sin límite ha declarado la guerra a los cuerpos y a los territorios. Ha declarado la guerra a la tierra y a la vida, la de las mujeres especialmente. El encuentro entre las miradas ecologista y feminista pueden contribuir a alumbrar otro paradigma que sitúe en el centro de las preocupaciones a la vida. Una vida humana digna y respetuosa del planeta. Una vida que valga la pena ser vivida.

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Opinión#EspecialMedioAmbiente2021

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