La RSE Global

adam_smithLa historia de la filosofía, de la literatura y de la teología está llena de frases más o menos ingeniosas en las que se habla de lo nuevo y lo viejo de muy diversas maneras, siempre jugando con su contraposición. Les ahorro empezar con una de estas citas y voy al grano.

Mi impresión es que el problema de la Responsabilidad social de las Empresa (RSE) no reside en el nombre ni en nada que se le parezca. El problema central es que, mayoritariamente, ha consistido en introducir un nuevo lenguaje y unas nuevas prácticas sin modificar sustancialmente la comprensión convencional de la empresa. Esto se constata cuando se analizan los planteamientos de la RSE no en base a lo que se dice ni a lo que se hace, si no en base a cómo se argumenta. Entonces, el argumento se resume casi siempre en lo siguiente: la RSE es hoy la manera más adecuada (o más inteligente, o más racional, o más avanzada, o más oportuna, o más…) de conseguir lo que ya sabemos desde siempre que debe hacer la empresa. A veces pienso que Lampedusa estaría contento con la Responsabilidad social de las Empresas: es necesario que todo cambie para que todo siga igual.

Debería corregirme i objetarme a mí mismo, claro está. A veces una suma constante de pequeños cambios convertidos en una dinámica sostenida en el tiempo dan como resultado una realidad sustancialmente distinta de la que teníamos al comienzo aunque a lo largo del proceso, paso a paso, los cambios parezcan poco significativos. Bueno, pues en estos tiempos de paradojas aceptemos que las dos afirmaciones pueden ser plausibles a la vez. Y tomémosnos las dos igualmente en serio

Pero volvamos a la primera de las afirmaciones: no se trata de cambiar para que todo siga igual, sino de decidir qué lugar quieren ocupar las empresas en los cambios sociales que se están produciendo y cómo quieren contribuir a ellos. De hecho, hay que volver a A. Smith: la pregunta que se hacía Smith –la que está en el título de su libro- era sobre la naturaleza y la causa de la riqueza de las naciones… no de la riqueza de las empresas. Lo primero quizá requiere lo segundo, pero lo segundo no garantiza necesariamente lo primero. Y, en cualquier caso, no es la primera pregunta que debemos hacernos.

Así como se dice que hay entrenadores que leen bien los partidos, la RSE presupone leer bien el partido social. Porque se puede cambiar el lenguaje y llevar a cabo nuevas prácticas (que sin duda muy a menudo son mejores que las viejas) sin leer bien el partido. Por eso resulta tan escandaloso que hoy el debate sobre la RSE, al menos en España, no tenga como primer punto en el orden del día los seis millones de parados. O el reparto de la carga impositiva entre empresas y ciudadanos. O el fraude fiscal. O la corrupción.

La diferencia de nuestro tiempo para enfocar la pregunta de Smith es que el foco ya no puede ser solo la riqueza de las naciones, sino que debe ser un foco a la vez global y local. Pero, en cualquier caso, olvidemos el mantra de que las empresas, por si mismas y por el mero hecho de existir, contribuyen a… crean… son indispensables para… y veamos empíricamente por sectores, por territorios, por tamaños a qué contribuyen realmente, qué crean realmente, y para qué son realmente indispensables. Porque el supuesto de partida no es la atención a la empresa, sino la sociedad en la que la empresa opera y actúa.

Disculpas por la palabreja: es un debate sobre la legitimidad de las empresas. No sobre su poder y su influencia, que lo tienen, y mucho. Que es un debate sobre legitimidad significa que cada vez más no les bastará para conseguirla el cumplir con los viejos parámetros de eficiencia, calidad y productividad. Por supuesto, dichos parámetros continuarán, porque si no no hablaríamos de empresas. Pero no serán suficientes porque la sociedad querrá saber contribuyen con su actividad a la construcción del espacio público común. Y esto no tiene nada que ver con la estúpida objeción de que ésta no es misión de la empresa. Porque lo que se les está pidiendo no es que dejen de ser empresas sinó que lo sean de manera más completa, y que integren todas las dimensiones de su actividad. Entre otras cosas porque las empresas, como las personas, no viven y actúan en mercados sino en sociedades. Y la respuesta a la pregunta sobre la importancia y el valor de los mercados reside en la sociedad que contribuyen a configurar. Por eso éste es o debería ser su punto de partida. (Una persona responsable del área de estrategia económica de una empresa muy importante me decía que lleva tiempo solicitando incorporar a un politólogo/sociólogo a su equipo, sin éxito: valga como símbolo de cómo debe –también- leerse el partido, y de las resistencias que hay a hacerlo).

En un mundo interdependiente, las empresas deberán desarrollar inteligencia social y competencia social, algo por lo que no están acostumbradas ni a preocuparse ni a ocuparse. Porque su legitimidad no dependerá únicamente de sus resultados. Como se recogía en un diálogo de un chiste de El Roto: "los números nos salen bien… ¡quien fuera cifra!" Si la percepción y la experiencia social es que para reflotar a las empresas (o a algunas empresas) no queda más remedio que hundir a las personas, el conflicto de legitimidad está servido, aunque los números salgan bien. No se trata por supuesto del angelismo de pensar que con la RSE no habría crisis, ni conflictos ni nada parecido, ya somos mayorcitos. Se trata de que no hay una única y mecánica manera de abordar, explicar y justificar el enfoque que se da la crisis y a los conflictos.

En el sempiterno debate sobre la Responsabilidad Social de las Empresas cada vez estoy más convencido de que, si se trata de debatir sobre el nombre, el problema no es el término sino el olvido de un prefijo: co. Se trata de la co-responsabilidad. Se trata de partir de la asunción de que en una sociedad interdependiente las responsabilidades son siempre, en un grado u otro, compartidas… y abordadas desde la especificidad de cada institución. La pregunta no es qué es la RSE sino de qué cuestiones sociales son co-responsables las empresas, en función –insisto- de su tamaño, su sector y su contexto.

Volvamos a Smith: preguntémonos primero sobre el desarrollo de las naciones para poder entender y plantear como contribuyen las empresas a resolver los retos que tienen planteados nuestras sociedades, (o, al menos, a no a empeorarlos); y no al revés. Y, a eso, llámenle como quieran y les apetezca.

Pero háganlo.

www.josepmlozano.cat
@JosepMLozano

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