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diarioresponsable.com He leído una reflexión sobre hilo argumental que Muhammad Yunus hizo en un acto hace unos días. Desconozco si recogen adecuadamente la intencionalidad del Premio Nobel de la Paz de 2007 o bien pueden estar sacadas de contexto. En todo caso, me van bien para motivar una reflexión que creo que merece ir recordando.  Se trata de unas consideraciones negativas que se proyectan contra la RSE en lugar de contra los que hacen un mal uso de este enfoque de gestión. En concreto, según leo, Yunus afirmó que la RSE está radicalmente desactualizada, lo que consideró causado por la industria de la filantropía. Quiero entender que Yunus sabe perfectamente que este modelo que denuncia por desfasado y poco efectivo no es RSE. Pero la confusión le va bien para hacer la propuesta alternativa: invertir en empresas sociales, es decir, su producto. Recientemente, pasó algo similar con el profesor Mark Kramer, de la Universidad de Harvard, que declaró que "el concepto de valor compartido se centra en la gestión de oportunidades y la RSE con la gestión de riesgos". Argumenté que discrepaba de esta actitud o táctica de tirar a la papelera la RSE para remarcar las bondades del propio producto. Y hace dos años publiqué una reflexión, "¿Ir más allá de la RSE?", en referencia a una de líneas de crítica a la RSE, la de aquellos que creen que no es suficiente. Ir más allá o proponer unas buenas prácticas de alto interés no requiere como condición previa pisotear la RSE, ya que no son productos alternativos sino maneras de progresar en ella.  

Es cierto que no podemos pedir a la RS más de lo que puede dar. Como metodología de gestión puede estar marcada por una baja dosis de glamour y, además, fácilmente se pueden dar casos de empresas que hablen de ella sin hacerla realmente o haciendo un uso perverso. Por ello, es necesario que seamos cuidadosos con el uso de la RSE, y que no aceptemos los malos usos. Esto es lo que debería haber denunciado Yunus: los que usan fraudulentamente el concepto de RSE para hacer una serie de prácticas meramente filantrópicas.  

diarioresponsable.com Ya llegó el 2015. Me imagino que como todos ya hiciste tu lista de promesas para este año lleno de optimismo. Yo aún estoy en ello. Me gusta hacerla con calma y sin prisas, y como buena aprendiz aplicando el dicho: “A veces gano, otras aprendo, nunca pierdo”.  

Antes de hacer mi lista me gusta repasar mis aprendizajes (de la práctica) o descubrimientos (de la consciencia) del año que cierro. A partir de ellos, fijaré mis nuevas coordenadas de gestión para este nuevo curso. Aquí os dejo mis 4 descubrimientos:

1) La gestión del cambio para hacer que la sostenibilidad sea parte natural del día a día se empieza por arriba, y no por abajo. Si ya sé que esto está muy manido (creo que lo dicen todos los escritos sobre RSC), pero me refiero  a que los de arriba son los que tienen que liderar el cambio. Y si, hay que cambiar (aunque a muchos les viniera ya en el ADN) y los impulsores del cambio son los dueños de los procesos. Soy consciente del efecto olla exprés que nos ayuda a avanzar en muchas áreas, pero  si realmente queremos que forme parte de la carta de navegación de nuestras organizaciones, los primeros que tienen que estar comprometidos son los que manejan el timón. Y hablo de compromiso, no de convicción. El primero significa poner en acción, dar recursos y pedir resultados. El segundo, convicción, es pasivo. Estamos convencidos, y dejamos hacer pero tampoco lo exigimos. Cuando viene desde arriba, ¡¡¡¡se nota, se siente, la sostenibilidad está presente!!!! 

diarioresponsable.com Para los seguidores del debate sobre RSC, viene bien conocer una noticia que han publicado solo algunos diarios europeos a propósito de cómo se las gastan algunas grandes compañías con los medios de comunicación que no se pliegan a sus intereses.

Efectivamente, a lo largo de la presentación de los resultados del Banco HSBC el pasado 23 de febrero, su director general, Stuart Guillver, admitió que su Banco no invierte en publicidad en los medios que le habían dado una "cobertura hostil" a sus cuentas en Suiza, porque ese gasto publicitario no reporta beneficios a la empresa. Añadió, sin embargo, cínicamente en mi opinión, que con ello no pretendía “influir en la cobertura editorial de nadie".

Lo cierto es que, muy al contrario, el pasado 17 de abril Peter Oborne, editorialista del Daily Telegraph  dimitió de su cargo acusando al periódico británico de ocultar las informaciones en torno al "SwissLeaks"  y el escándalo de HSBC y doblegarse a los deseos de sus anunciantes.

diarioresponsable.com Este miércoles se presentará en Madrid el libro "La RSE ante el espejo" cuyos autores son los investigadores del Instituto de Innovación Social de ESADE Sira AbenozaJosep M. Lozano, un acto que contará también con la presencia de Alberto Andreu, director Global de Organización y Cultura Corporativa de Telefónica, y de Juan José Almagro, presidente de la Asociación Española de Directivos de Responsabilidad Social (DIRSE). Esta obra trata de ofrecer un balance de la evolución de la RSE en España a lo largo de los últimos 15 años y cuenta con la opinión de algunos de los actores de la RSE.

Han transcurrido prácticamente quince años desde que el Consejo Europeo de Lisboa, en el 2000, marcara el objetivo estratégico de convertir la Unión Europea en una región “capaz de un crecimiento económico duradero acompañado por una mejora cuantitativa y cualitativa del empleo y una mayor cohesión social”. Desde entonces, como era de esperar, han ocurrido muchas cosas en materia de RSE.

Ahora bien, si tuviéramos que pronunciarnos sobre si la evolución ha sido positiva tras aquel arranque lleno de expectativas, o si nos pidieran que hiciéramos un balance sobre lo ocurrido para saber hasta qué punto se han cumplido y si estamos bien encaminados; si alguien nos preguntara de dónde venimos y a dónde vamos en materia de RSE en España, ¿qué le responderíamos? 

Faine_icoNadie duda que los recursos humanos son cosas de todos, nadie duda que las finanzas y vender es cosas de todos, ¿por qué no conseguimos que la RSE sea cosa de todos y de toda la compañía? La RSC lo que puede es no generar costes en un futuro, lo dice mucho Josep María Lozano. El coste de la responsabilidad no sé cuánto es, pero el de la irresponsabilidad sí que se ha visto en muchos casos”.

Así de claro lo tiene este motero barcelonés de 36 años, que desde hace 8 es director de RSC de AGBAR, una compañía española que da agua a 26 millones de personas en todo el mundo, 13 de ellos en España.  Fainé es un tipo cordial, cercano y ajeno a la verguenza. Esa pinta de sabio despistado y malandrín le permite hablar con todos y de todo sin perder ripio de lo que acontece. 

La mañana de este soleado miercoles tuvímos la oportunidad de tomar un cáfe con él en la terraza de la Cervecería Santa Bárbara de Madrid y conocer su visión sobre la responsabilidad social de las empresas y las actividades que realiza AGBAR en este área.

diarioresponsable.com Una de las iniciativas mejor recibidas en el ámbito de las compras públicas socialmente responsables en Europa fue la entrada en vigor hace dos años en el Reino Unido, el 31 de Enero de 2013, de la Public Services (Social Value Act). La Ley requiere a aquellos responsables de hacer compras públicas a plantear cómo conseguir en el proceso de compra mayores beneficios no sólo económicos, sino también sociales y ambientales para una comunidad.

Dos años después, el gobierno británico acaba de publicar el informe Social Value Act review report explicando los resultados de la implantación de esta Ley en este periodo incluidos no sólo los logros sino las dificultades que hay que superar para una implantación efectiva de dicha Ley. Recomiendo al menos hojearlo como todo un ejercicio de diálogo, transparencia, rendición de cuentas y esfuerzo por la mejora continua.

El informe contiene algunos casos prácticos interesantes (de grandes empresas pero también de pymes), una guía de cómo aplicar la ley y un marco metodológico para medir los resultados (el retorno social). 

diarioresponsable.com "Me he hecho viejo, ay de mí, y en derredor también han ido erosionándose”, escribe José Manuel Caballero Bonald, y muchos nos preguntamos si también las empresas –y sus políticas de Responsabilidad Social Corporativa (RSC)– se han hecho mayores y están alejadas de las nuevas exigencias ciudadanas; si precisan resetearse y encontrar el nuevo rumbo en una sociedad que necesita argumentos y respuestas, que demanda realidades y no apariencias, que quiere confiar en sus instituciones y, desde una ineludible transparencia, les pide legítimamente compromiso y coherencia. La empresa es una institución social de singular importancia para la producción de bienes y servicios que tiene una específica finalidad económica y, en general, una adecuada ordenación legal en el marco del sistema jurídico del Estado capitalista y posliberal. Pero, también hoy, en pleno siglo XXI, la empresa, que ha liderado el desarrollo económico y social y está en el origen de la propia globalización y de sus desigualdades, debe tener un genuino carácter social y una creciente presencia pública de los que, seguramente, ni debe ni va a poder desprenderse. Eso no significa que la empresa asuma el rol que corresponde a los gobiernos, igual que los poderes públicos no deben intentar las tareas que ocupan a las empresas: los objetivos de unas y otros son diferentes, pero sus preocupaciones comunes no son divergentes, y en un mundo global todas las instituciones, lo quieran o no, tienen una ineludible función social, acorde con los tiempos, que se llama responsabilidad social; es decir, y en reciente definición de la Unión Europea, la responsabilidad que les incumbe por sus impactos en la sociedad.

La empresa, y sus dirigentes, como los líderes políticos –que se olvidaron de ofrecernos los ideales que no tienen– deben ser protagonistas principales en la creación de la consciencia del mundo actual y en la construcción de un camino de ida y vuelta que nos dirija, como los ciudadanos anhelan, hacia el progreso común y a un modelo de desarrollo que nos libere de iniquidades y satisfaga las necesidades humanas. Muchos estamos convencidos de que esa ruta –sin atajos y también sin precipicios– pasa por la Responsabilidad Social, la estrategia imprescindible para conseguir el ideal de un mundo diferente y mejor. Lejos del éxito momentáneo, lo que perseguimos es la excelencia, el arete de la antigua Grecia, la virtu romana libre de moralina, la virtud al estilo del Renacimiento: sobresalir con nuestro comportamiento ético y nuestro compromiso, conseguir lo óptimo, cumplir con nuestro deber y hacer bien las cosas. Más allá de proclamaciones retóricas, alcanzar la excelencia debería ser, personal, familiar y profesionalmente, el principal proyecto y el horizonte de nuestras vidas. No es fácil, pero tampoco un mal propósito porque las personas, como las empresas, están obligadas a buscar la perfección...

No sabemos conjugar el sagrado derecho a equivocarnos, el más humano de todos los derechos y al que ninguna Declaración Universal ha sabido dar cobijo y presencia. Toda vida humana es una larga senda de rectificaciones y de aprendizajes interiores, y es hora de ponerse a la tarea porque ya estamos definitivamente en un tiempo nuevo. Decía Arthur Miller que una época termina cuando sus ilusiones básicas se han agotado, y eso ya ha sucedido. Resistentes al cambio, estamos todavía pagando el precio de la irresponsabilidad y es el momento de que una revolución ética nos ayude a combatir la irrefrenable sed de beneficio instalada desde hace tiempo entre nosotros, y a desterrar la intolerancia, la desigualdad y la corrupción, lacras que hemos tolerado como si formasen parte de nuestras vidas. Las empresas y las instituciones –como afirman las leyes de la biología– se han vuelto más vulnerables a medida que se hacían más grandes y complejas porque, aunque no nos demos cuenta, la fragilidad de la empresa va pareja y a la misma velocidad que su propio desarrollo.

diarioresponsable.com Ricardo Hausmann escribió hace poco en Proyect Syndicate sobre “¿Redistribución o inclusión?” (aquí, en inglés). Ofrece una vision distinta de las causas de la desigualdad en la distribución de la renta, con especial referencia a los países en desarrollo. Señala que la producción moderna requiere la participación de muchos recursos complementarios, que están presentes en las economías avanzadas, pero no en las emergentes. Hace bastantes años me contó un amigo mío que habia pasado unos días en Egipto, en un modernísimo hotel donde algunos enchufes no funcionaban porque, cuando uno se estropeaba, no había recambios en el mercado local.

La conclusión de Hausmann es que “hay que invertir en inclusión, proporcionando capacidades a las personas y conectándolas a los recursos y las redes que pueden hacerlos productivos. El dilema de los países pobres es que carecen de medios para conectar todos los lugares con todos los recursos”.

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