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No habrá transición ecológica sin cambiar la mirada

Nos hemos acostumbrado a mirar el mundo a través de la lente del crecimiento económico y la rentabilidad. Sin embargo, cuando observamos problemas como la crisis climática, el aumento de las desigualdades o el agotamiento de los recursos naturales, esa forma de entender el mundo se queda pequeña.

El profesor y premio Nobel Muhammad Yunus lo explicaba con una metáfora muy clara cuando afirmaba que “tenemos que quitarnos las gafas con las que el capitalismo nos hace ver el mundo”.. Quizá el problema no sea solo el sistema económico, sino también la forma en que lo hemos estado mirando.

Ampliar esa perspectiva implica incorporar nuevas variables al análisis económico: el impacto social, la sostenibilidad medioambiental o el bienestar colectivo. Y, curiosamente, muchas de estas dimensiones han estado históricamente más presentes en ámbitos donde las mujeres han tenido mayor protagonismo.

Durante mucho tiempo, las mujeres han estado más vinculadas a espacios relacionados con el bienestar social, la salud, la educación o los cuidados. Aunque estas responsabilidades han sido tradicionalmente invisibilizadas o infravaloradas económicamente, también han contribuido a desarrollar una forma más interdependiente de entender cómo funcionan las sociedades y cómo se gestionan los recursos a largo plazo.

Y es que, si la transición ecológica aspira realmente a ser algo más que un cambio tecnológico; si pretende transformar la forma en que producimos, invertimos y nos relacionamos con el planeta, también debe preguntarse quién está participando en esa transformación y quién se está quedando fuera. No puede existir una transición verdaderamente sostenible si no es también una transición justa. Y sabemos que los impactos del cambio climático golpean con mayor intensidad a las comunidades más vulnerables.

Por eso hablar de transición ecológica implica necesariamente hablar de igualdad de oportunidades y, en consecuencia, de igualdad de género.

Sin embargo, hoy esa igualdad está lejos de ser una realidad, especialmente en los espacios donde se toman decisiones económicas y financieras. Según datos recogidos en el informe Gender Strategies in Investing del Esade Center for Social Impact, apenas el 12 % de los miembros de los comités de inversión son mujeres y solo una de cada diez startups que reciben financiación en Europa está liderada por una mujer.Esto no es solo una cuestión de representación. Tiene consecuencias directas en cómo se asigna el capital y en qué soluciones se priorizan.

Frente al modelo tradicional, ha ido ganando fuerza otra forma de entender el papel del capital: la inversión de impacto. Este enfoque no se limita a preguntarse cuánto retorno financiero genera una inversión, sino también qué impacto social y ambiental produce.

Algunas gestoras ya integran esta lógica. Global Social Impact Investments, por ejemplo, evalúa el impacto de género de sus inversiones utilizando los criterios del 2X Challenge, una iniciativa internacional que moviliza capital hacia empresas que empoderan económicamente a las mujeres.

Pero ese cambio de mirada no debe producirse solo en los inversores, sino también en las empresas que se financian. Y ahí entra otra de las grandes palancas de cambio: el emprendimiento femenino. Cuando las mujeres acceden a financiación y oportunidades, tienden a impulsar proyectos empresariales con un fuerte componente social y medioambiental.

Desde Open Value Foundation invierten en empresas que lo demuestran. En África, donde la vulnerabilidad climática es especialmente acusada, están surgiendo modelos empresariales liderados por mujeres que transforman comunidades enteras. Un caso significativo es Cherehani Africa, que facilita financiación a mujeres emprendedoras y ha respaldado ya a más de 30.000 mediante activos productivos y acceso a crédito.

Pero esta transformación no ocurre solo en regiones vulnerables. También en Europa están emergiendo iniciativas lideradas por mujeres que buscan redefinir nuestra relación con el planeta. En España, Natalia Valle es cofundadora de Plant On Demand, una plataforma que ayuda a productores agroecológicos a gestionar su comercialización, crear redes de colaboración y mejorar sus márgenes de venta.

Mientras tanto, conceptos como los criterios ESG, la descarbonización o la sostenibilidad ocupan titulares, informes corporativos y agendas políticas. Sin embargo, a veces da la sensación de que estos términos se repiten con demasiada ligereza, convertidos en parte del lenguaje habitual sin detenernos siempre a reflexionar sobre lo que realmente implican.

¿Estamos ante una transformación real o ante una sofisticación del discurso? Porque mientras proliferan los compromisos “verdes”, algunas desigualdades estructurales siguen prácticamente intactas.

La pregunta, por tanto, no es si puede haber transición ecológica sin igualdad de género. La verdadera cuestión es si podemos permitirnos una transición que deje fuera a la mitad del talento, la experiencia y la capacidad de transformación de nuestra sociedad.

Quizá, como decía Yunus, el primer paso sea precisamente ese: quitarnos las gafas con las que hemos aprendido a mirar el mundo y atrevernos a ampliar la perspectiva.

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Opinión#8M2026

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