
Asistimos a un momento de especial preocupación marcado por el cambio geopolítico que no solo ha modificado las alianzas, la seguridad internacional y la emergencia de nuevos actores a nivel global, sino que ha supuesto un cambio en la manera de afrontar los temas prioritarios en las agendas políticas y económicas a nivel global. Si esto lo trasladamos al escenario tecnológico actual es necesario revisar perspectivas, así ha pasado con el concepto de “tecnología con propósito” que ha cobrado relevancia como paradigma emergente. Esta visión promueve el desarrollo y uso de la innovación tecnológica no solo como un medio para optimizar procesos o generar beneficios, sino como una herramienta consciente al servicio del bien común y la sostenibilidad. En este contexto, surge una pregunta crítica: ¿puede la innovación tecnológica cerrar brechas sociales mientras avanzamos hacia una transición ecológica?
Si desgranemos un poco este asunto debemos analizar la doble transición: ecológica y social, ¿a qué nos referimos con esto?
La transición ecológica implica una transformación profunda de los modelos productivos, energéticos y de consumo para hacer frente a la crisis climática. Sin embargo, si esta transformación no se planifica con una mirada inclusiva, corre el riesgo de profundizar desigualdades existentes, especialmente para las comunidades en riesgo de exclusión, trabajadores desplazados por la automatización o regiones con menor acceso a la conectividad o a una infraestructura sostenible.
Por eso, cada vez más actores, desde gobiernos hasta startups y corporaciones tecnológicas, abogan por esta doble transición: ecológica y social. Es aquí donde la tecnología con propósito se vuelve estratégica.
La tecnología como habilitador de inclusión
Tecnologías emergentes como la inteligencia artificial (IA), Internet de las Cosas (IoT), blockchain o la analítica de datos avanzada pueden ser claves catalizadores del cambio. Su impacto depende de cómo se diseñan, desarrollan, implementan y regulan todas estas tecnologías. Si no tenemos esto en cuenta podemos hacer que los ciudadanos sean de diferentes categorías, dependiendo de dónde vivan y qué opciones tengan a la hora de desarrollarse personal y profesionalmente.
Siempre he defendido que la tecnología es un activador de la globalización y un vehículo transfronterizo que nos permite acercar posturas y distancias, siempre y cuando tengamos las mismas reglas del juego. Si no es así, pasará como en cualquier juego de cartas que terminará beneficiándose aquel que tenga mejor suerte.
La tecnología es un habilitador clave y aporta un impacto positivo en y para la transición ecológica y social, sólo hace falta poder introducir una visión que nos permita ir un paso más allá.
Agricultura de precisión accesible: Existen startups que están desarrollando soluciones basadas en sensores, datos satelitales e IA para ayudar a pequeños agricultores a optimizar recursos como el agua o fertilizantes, aumentando la productividad sin dañar el medio ambiente. Este tipo de enfoques marcan la diferencia de cómo utilizar la tecnología al servicio de las necesidades de las empresa, personas y sociedad en general.
Transición energética participativa: Existen plataformas digitales que facilitan a comunidades locales invertir en proyectos de energía renovable (como paneles solares comunitarios), generando beneficios económicos compartidos y reduciendo la dependencia de grandes operadores energéticos. En estos momentos, esta fórmula es de gran importancia ya que la dependencia energética y las subidas en las tarifas de la luz han generado grandes desigualdades sociales.
Reciclaje inteligente y economía circular: Existen herramientas basadas en IA que facilitan la clasificación de residuos o trazabilidad de materiales, facilitando modelos de reciclaje inclusivos que integran a grupos de trabajadores en la cadena de valor.
Capacitación digital para empleos verdes: Los programas de formación en competencias digitales y sostenibles, apoyados por edtechs o gobiernos, facilitan la capacitación de personas vulnerables para los empleos del futuro en sectores como la eficiencia energética, movilidad eléctrica o reforestación tecnológica.
Riesgos de exclusión y sesgos en la innovación
Cierto es que la tecnología puede reproducir o incluso amplificar desigualdades si no se diseña con principios éticos y sociales desde el inicio. Un ejemplo es la falta de conectividad o alfabetización digital en ciertas regiones, que puede dejar a muchas personas fuera del nuevo sistema. O los sesgos algorítmicos que afectan negativamente a grupos históricamente marginados.
Por eso, es importante incorporar mecanismos de gobernanza inclusiva, evaluaciones de impacto social y participación ciudadana en el diseño de soluciones tecnológicas. La tecnología con propósito no debe ser neutral: debe tomar partido por la equidad.
El rol de los datos y la inteligencia artificial responsable
Los datos y la IA tienen un rol central en este ecosistema. Para que su uso sea realmente transformador, deben estar alineados con valores de justicia social y ambiental. Esto qué implica:
Datos abiertos e inclusivos: Promover el acceso equitativo a datos relevantes para la toma de decisiones locales sobre sostenibilidad.
Algoritmos transparentes y auditables: para evitar la opacidad de sistemas que tienen un impacto en el acceso a servicios o recursos.
IA explicable: Incluir a comunidades afectadas en el diseño y validación de modelos predictivos, por ejemplo, para prevenir desastres naturales o gestionar recursos hídricos.
La innovación tecnológica no es un fin en sí misma, sino un medio. La transición verde no puede ser solo una transformación energética o ambiental; debe ser también una transformación social.
Para ello, necesitamos un nuevo contrato entre tecnología, sostenibilidad e impacto social. La tecnología con propósito, en este sentido, representa una oportunidad para cerrar brechas porque solo así la innovación será verdaderamente transformadora.