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Líbranos, no de los puros habanos, claro, sino de las personas puras. Me gustó una entrada de Miguel Pasquau en CTXT, hace ya unos meses, con el título de “Las prisas de la pureza”. Se refería a la actitud de mucha gente que, amantes de la pureza, no admiten nada que tenga un defecto, por mínimo que sea. Bueno, supongo que se tendrán que soportar a ellos mismos, pero lo que es a los demás, no los soportan. Bueno, también a su marido o a su mujer, y a sus hijos, y a su cuñado, y a sus compañeros de trabajo...
Líbranos de los puros

Pero, eso sí, a los políticos impuros, no en pintura. Porque… todo está corrupto, y no tiene remedio. Hay que acabar con todo eso. Ya, sin tardanza; de ahí las prisas del título de aquella entrada.

“Hay que saber distinguir”, dice Pasquau. Y, cuando alguien cae en la corrupción, o en el defecto que sea, en lugar de lanzarlo ya a las tinieblas exteriores, “hablar con el concernido, pedirle explicaciones y valorar si existen sospechas serias de corrupción (y, si es así, cesarlo aunque no haya imputación judicial) o si, por el contrario, es un asunto defendible e incluso disculpable”.

Estoy de acuerdo, quizás porque me pasa lo que a aquellos viejos del Evangelio que, dispuestos a apedrear a una mujer adúltera (ahora le dedicarían un par de páginas en el periódico, para que contase sus experiencias), la llevaron a Jesús para que él la condenase. Pero él les dijo: El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y, claro, no estaban ninguno libre de pecado. Y se fueron marchando, dice el Evangelio que empezando por los más viejos. O sea que, quizás por mi edad, me siento más inclinado a perdonar.

¿Y dejar que los corruptos sigan campando por ahí? Jesús le dice a la mujer adúltera: Anda y no peques más. Le preocupa más el futuro que el pasado. Nuestra sociedad es demasiado puritana, y tiene mucha prisa en castigar, castigar al culpable… siempre que no sea yo, o no sea de los míos. Y aunque esto no garantice que en el futuro vamos a tratar de hacerlo mejor. 

Es curioso, que nuestra sociedad tan dada al relativismo (“too er mundo e güeno”, que cada uno piense como quiera, quién soy yo para ponerme a dar consejos a los demás) tenga también la prisa de la pureza. Sospecho que no nos interesa tanto la pureza. Quizás sea la envidia, no lo sé. O es una nube de humo: como todo el mundo es corrupto, no pasa nada si yo lo soy, pero, eso sí, solo un poco. En todo caso, la prisa de la pureza no nos hace mejores personas, aunque, eso sí, nos vamos a casa más tranquilos: yo ya he hecho lo que tenía que hacer. Bueno, no he hecho lo que tenía que hacer, pero, eso sí, he dicho que esto no me gusta. Esta es nuestra excusa: nadie puede echarme en cara que yo no haya protestado. Y ya está.

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