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Esta es la quinta –y, con suerte, la última- entrada sobre el papel de la teoría de los stakeholders en la concepción de la empresa. Todas ellas responden a una inquietud mía: hay muchas cosas interesantes en esa teoría, pero también hay cosas que no están claras
La empresa, vista desde la teoría de los stakeholders (V)

Y me parece que ya he señalado que esto se debe a que no estamos de acuerdo en qué aporta la teoría de los stakeholders. En la entrada anterior explicaba cuál me parece que es esa aportación básica, que no se ha  visto favorecida por la avalancha de papeles que se han publicado y que, me parece, no contribuyen a solucionar aquel problema, probablemente porque nosotros, los académicos, estamos más preocupados en publicar lo que sea que en clarificar las posturas.

Ahora quiero señalar que hay otra cosa que la teoría de stakeholders puede aportar a la solución del problema del reparto de valor y, en general, a la teoría de la empresa y a la práctica de la dirección, porque en ella afirmamos, a menudo, que el valor que se trata de crear es no sólo económico, sino también político, social, psicológico, moral… Porque el empleado busca no solo una remuneración, sino también el desarrollo de conocimientos y capacidades, relaciones sociales, oportunidades de carrera, prestigio, adquisición de virtudes y muchas otras cosas, y lo mismo puede decirse de los otros stakeholders, incluso de los propietarios.

Esto podría interpretarse como una ampliación de la tesis de la maximización del valor para el accionista si, para lograrlo, los directivos deben atender también a las necesidades o preferencias no económicas de los stakeholders. Esto sería un añadido poco relevante si existe una relación más o menos precisa entre el valor económico y el no económico, de modo que este sea un medio para adquirir aquel, y que se pueda establecer un intercambio o trade off entre uno y otro (algo que la gran mayoría de economistas aceptará). Por ejemplo, si podemos concluir que engañar a los empleados para aumentar la productividad puede dar lugar a un coste más o menos conocido, si el empleado se da cuenta, la maximización del beneficio podría seguir siendo el objetivo, sea directo (la empresa se gestiona para los intereses de sus propietarios, pero para conseguirlo debe tener en cuenta esas las motivaciones no económicas de sus stakeholders), sea indirecto (la empresa se gestiona para los intereses de la sociedad, lo que exige la maximización del valor para el accionista, lo que, a su vez, exige atender también a las necesidades no económicas de los stakeholders, que se pueden valorar en términos económicos y son intercambiables con los resultados económicos).

Pero algunos valores no económicos no admiten trade offs entre ellos y con los valores económicos, porque generan aprendizajes cuyas consecuencias no son previsibles: la mentira mencionada antes, si se repite y se generaliza, acabará destruyendo la confianza y el espíritu de colaboración en la empresa, que son la base para la generación de las competencias distintivas que necesita para prosperar: el cálculo del coste económico de la mentira, bajo el supuesto de que no tendrá consecuencias sobre la confianza, o bajo el supuesto de que esas consecuencias son previsibles y más o menos calculables, no tiene fundamento. Si la gente aprende de sus propias acciones y de las demás, y ese aprendizaje es abierto, la conducta no ética no se puede valorar en términos económicos. Freeman, el autor de la teoría de los stakeholders, lo dice de otra manera, cuando afirma que no es válida la “tesis de separación”: las decisiones económicas no pueden separarse de las decisiones éticas,sino que interaccionan con ellas, no son una simple adición.

 Por tanto, la teoría de los stakeholders, al menos en esta versión, es una teoría más amplia que las teorías económicas vigentes; está proponiendo un objetivo de la empresa que no puede ser la maximización del valor para el accionista, ni siquiera cuando se matiza por la necesidad de conseguir la adhesión de los stakeholders que tengan motivaciones no económicas, porque hay consecuencias, muy importantes para la supervivencia de la empresa, que no pueden valorarse en términos económicos. Y esto tiene consecuencias para la teoría y para la práctica de la dirección de organizaciones.

Para la teoría, porque si el objetivo no es la maximización del valor para el accionista, ni siquiera la maximización del valor económico para todos los stakeholders o para toda la sociedad, habrá que definir cuál es ese objetivo.Obviamente, la empresa de negocios debe ganar dinero, porque es requisito para su supervivencia y crecimiento y muestra de su eficiencia económica, pero si ese no es su objetivo, habrá que definirlo, y esto debe ser el fruto de entender qué es la empresa y cómo se relaciona con la sociedad: la intuición de que la empresa debe contribuir al óptimo social es correcta, pero no puede reducirse a un óptimo paretiano, desprovisto de aprendizajes morales y de motivaciones amplias. Y aquí la teoría de los stakeholders puede ser muy útil, en cuanto que conduce a plantear la empresa como comunidad de personas que se relaciona con otras personas (los stakeholders) en una sociedad más amplia.

 De hecho, una parte importante de la literatura sobre los stakeholders derivó hacia la dimensión ética, porque, en definitiva, lo que se discute aquí es cómo se va a gestionar una empresa en la que participan muchas personas desde distintas posiciones, de modo que el resultado para todas ellas (y no solo para sus accionistas) sea eficiente, para que todos vean satisfechas sus necesidades materiales; satisfactorio, porque todos se encuentre suficientemente cómodos y aprendan, y ético, porque todos se desarrollan como personas. A mí me pareció que esto tenía mucho que ver con el concepto de bien común, y así lo presenté en un artículo publicado en el Journal of Business Ethics en 1998, y me parece que muchos de los que lo han citado no han entendido que estaba refiriéndome no a una particular teoría ética, sino a la gestión de un problema de decisión en la empresa, que tenía que conseguir resultados para sus accionistas, para todos sus stakeholders y para la sociedad, que es la entraña del concepto de bien común.

Y la teoría de los stakeholders tiene consecuencias también para la práctica de la dirección, porque si un directivo se plantea que tiene responsabilidades para con los que forman la empresa desde dentro (los stakeholders internos) y desde fuera (los externos) dentro de una sociedad más amplia, estará internalizando los efectos externos de sus decisiones en los demás, estará contemplando los bienes públicos que su actividad puede crear, estará preguntándose por cómo tratar los derechos de las generaciones futuras, estará reflexionando sobre lo que puede hacer cuando hay asimetrías de información en sus acciones…: en definitiva, estará poniendo los medios para que la empresa contribuya efectivamente al bien de la sociedad, al bien común al que me refería en el artículo de 1998, al óptimo social, en  definitiva, pero definido de un modo más amplio que el de la economía neoclásica. Claro que esto no será suficiente, porque hay muchas consecuencias que pasan por el mercado, las instituciones, las normas sociales, la cultura, etc., y que exigen soluciones no a nivel de empresa, sino de sector o de economía nacional, o global. Pero al menos estará haciendo posible que su empresa cumpla, efectivamente, su función social que, como hemos apuntado al principio, parece ser una buena vía para definir el objetivo de la empresa y la meta de los que la dirigen.  

Ya es hora de acabar este largo discurso. La teoría de los stakeholders ha significado cosas distintas para distintos autores. Algunas de ellas vienen a ser versiones nuevas, quizás más atractivas y mejor planteadas, de teorías anteriores, con las que coinciden, de un  modo u otro, en la definición del objetivo de la empresa: la maximización del valor para el accionista, sea como objetivo propio de la empresa, sea como objetivo instrumental para la consecución de la función social de la empresa, como célula fundamental para la creación de valor para todos. Pero hay alguna versión de la teoría de los stakeholders que va más allá de ese objetivo, y lo presenta como la creación de valor en un sentido más amplio, para el que la maximización del beneficio no es ya una condición necesaria ni suficiente.

 Y esto nos lleva a la última consideración que quiero hacer. Las tesis de que la empresa debe gestionarse de acuerdo con el interés de todos sus stakeholders, o creando valor económico para todos ellos, no sino sino variantes de la tesis de la maximización del valor para el accionista. Esta teoría de los stakeholders no es, pues, una nueva teoría de la empresa, ni una nueva teoría de la dirección de la empresa, porque carece de una teoría propia del fin u objetivo de la empresa –y, obviamente, esto no se soluciona diciendo que la empresa debe gestionarse de tal o cual modo porque eso es lo que pide la sociedad, o porque eso viene exigido por la concesión de legitimidad por parte de la sociedad. La teoría de los stakeholders necesita una teoría del objetivo de la empresa. Y en esto hemos avanzado poco desde las viejas teorías que ligaban el objetivo de la empresa al cumplimiento de una función social en términos de satisfacción de necesidades de los consumidores y de los empleados, de creación de empleo, de fomento de una sociedad justa y estable, etc. Quizás tenemos que volver a explorarlas. 

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