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El final de las vacaciones devuelve a los hogares a la rutina y también deja ropa, juguetes, dispositivos electrónicos, equipamiento de playa y numerosos objetos que quizá ya no volverán a utilizarse. Frente a la lógica de comprar, usar y desechar, la economía circular propone prolongar la vida de los productos y aprovechar mejor los recursos, un cambio de modelo que la Unión Europea considera estratégico para afrontar los actuales desafíos ambientales y económicos.
Después del verano, la economía circular invita a consumir de otra manera

Septiembre suele ser un mes de comienzos. Vuelve el trabajo, arranca el curso escolar y los hogares reorganizan armarios, habitaciones y rutinas después de las vacaciones. En ese proceso aparecen objetos que han dejado de utilizarse: bañadores y prendas de verano, juguetes, sombrillas, pequeños electrodomésticos, teléfonos móviles o accesorios adquiridos para viajes y días de playa.

La pregunta es qué hacer con ellos. Tirarlos y sustituirlos por otros nuevos reproduce el modelo lineal basado en extraer materias primas, fabricar, consumir y desechar. La economía circular plantea recorrer el camino contrario: reducir el consumo de recursos, mantener durante más tiempo los productos y materiales en circulación y prevenir la generación de residuos.

Según explica la Comisión Europea, la transición hacia una economía circular busca que los productos sean más duraderos, reparables, reutilizables y reciclables, reduciendo al mismo tiempo la presión sobre los recursos naturales. Este planteamiento forma parte de la estrategia europea para avanzar hacia una economía más sostenible y competitiva.

De tirar a reutilizar

La vuelta de las vacaciones ofrece un ejemplo cotidiano de cómo aplicar esta lógica. Antes de desechar aquello que ya no utilizamos, existen diferentes posibilidades: conservarlo para el próximo verano, repararlo cuando está deteriorado, compartirlo, venderlo de segunda mano, donarlo o entregarlo en los sistemas correspondientes de recogida y reciclaje cuando realmente ha llegado al final de su vida útil.

El cambio resulta especialmente relevante en sectores con un importante consumo de materiales. En el caso de la ropa, prolongar la utilización de las prendas y favorecer su reutilización permite alejarse de un patrón basado en una elevada rotación del vestuario. Lo mismo sucede con juguetes, muebles, artículos deportivos y equipamiento utilizado durante las vacaciones.

La circularidad introduce así una pregunta previa a cualquier nueva compra: ¿necesitamos realmente otro producto o podemos seguir utilizando, reparar, alquilar, compartir o adquirir de segunda mano aquello que necesitamos?

No se trata únicamente de reciclar más. La economía circular comienza mucho antes de que un producto llegue al contenedor. El objetivo es evitar que se convierta prematuramente en residuo y conservar durante el mayor tiempo posible el valor de los materiales y recursos empleados para producirlo.

El desafío de los aparatos electrónicos

Los dispositivos tecnológicos merecen una atención particular. Teléfonos móviles, auriculares, tabletas, cargadores, cámaras o pequeños aparatos pueden terminar olvidados en un cajón cuando son sustituidos por modelos nuevos, aunque todavía puedan utilizarse o repararse.

La Unión Europea lleva años avanzando en medidas dirigidas a favorecer productos más sostenibles y facilitar su reparación. El objetivo es ampliar su vida útil, reducir los residuos y disminuir la necesidad de utilizar nuevos recursos para fabricar continuamente bienes de sustitución.

Cuando un aparato ya no puede reutilizarse, además, su correcta gestión resulta fundamental. Los residuos eléctricos y electrónicos contienen diferentes materiales que pueden recuperarse, pero requieren canales específicos de recogida y tratamiento.

Una cuestión ambiental, pero también económica

Cambiar las pautas de producción y consumo no responde exclusivamente a una preocupación ecológica. La economía circular también plantea una utilización más eficiente de los materiales en un contexto en el que las economías dependen de grandes cantidades de materias primas y están expuestas a las tensiones vinculadas a su disponibilidad y suministro.

La Comisión Europea vincula precisamente la circularidad con la competitividad, la resiliencia y una menor dependencia de los recursos. Mantener materiales dentro de la economía durante más tiempo, fomentar la reparación y desarrollar mercados de productos reutilizados permite reducir la necesidad de recurrir constantemente a nuevas materias primas.

Por eso, las nuevas lógicas de consumo forman parte de un desafío mucho más amplio. Comprar menos productos innecesarios, elegir bienes duraderos, reparar antes de sustituir y recurrir a la reutilización o la segunda mano pueden contribuir a generar demanda para modelos empresariales diferentes, basados en extender la vida útil de los productos y aprovechar mejor los recursos.

Pero la transformación no puede descansar exclusivamente en las decisiones individuales. Para que consumir de otra manera sea una alternativa real hacen falta productos diseñados para durar, servicios de reparación accesibles, sistemas eficaces de reutilización y recogida, información para los consumidores y políticas públicas que favorezcan la circularidad.

Septiembre, una oportunidad para cambiar la lógica

Ordenar la casa después de las vacaciones puede parecer un gesto sin demasiada trascendencia, pero refleja una cuestión central de la transición ecológica: qué valor concedemos a las cosas una vez que dejan de ser inmediatamente útiles.

Una sombrilla que puede utilizar otra familia, una camiseta que todavía tiene años de vida, un juguete que puede cambiar de manos o un teléfono que puede repararse representan recursos y materiales que no necesitan convertirse todavía en residuos.

La economía circular propone precisamente abandonar la asociación entre novedad y consumo. Frente a una cultura basada en sustituir rápidamente, plantea cuidar, mantener, reparar y reutilizar. La vuelta de septiembre puede ser, en este sentido, una oportunidad para revisar no solo lo que guardamos en los armarios, sino también nuestra manera de consumir.

En un escenario marcado por la presión sobre los recursos naturales y la necesidad de construir economías más resilientes, alargar la vida de aquello que ya tenemos deja de ser únicamente una práctica doméstica. Forma parte de una transformación económica y ambiental que busca producir y consumir utilizando mejor unos recursos que son finitos.

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