
La inteligencia artificial se ha instalado en la vida cotidiana de la infancia mucho antes de que existan garantías suficientes para protegerla. Lejos de ser una tecnología reservada a entornos profesionales o a usuarios expertos, estas herramientas ya forman parte de la rutina de millones de niños y adolescentes, que las emplean para hacer deberes, resolver dudas, traducir textos, editar imágenes o mantener conversaciones en busca de apoyo y orientación.
Así lo advierte UNICEF en un nuevo análisis basado en encuestas realizadas en diez países, que muestra hasta qué punto la adopción de la IA entre menores está creciendo con rapidez, mientras la investigación sobre sus efectos y las normas para prevenir daños siguen muy por detrás. Según la organización, al menos 20 millones de niños de entre 12 y 17 años ya han utilizado herramientas de inteligencia artificial, una proporción más de tres veces superior a la de sus padres o cuidadores.
El estudio incluye a Armenia, Brasil, Colombia, República Dominicana, Jordania, México, Montenegro, Macedonia del Norte, Pakistán y Serbia. En ese conjunto de países, entre el 18% y el 50% de los menores encuestados afirmó haber usado inteligencia artificial al menos una vez. El uso aumenta con la edad: entre los adolescentes de 15 a 17 años alcanza el 44%, frente al 33% registrado entre quienes tienen de 12 a 14 años.
El terreno donde la IA ha ganado más espacio es el educativo. Según recoge UNICEF, seis de cada diez niños que ya utilizan estas herramientas recurren a ellas para hacer tareas escolares, lo que equivale a alrededor de 13 millones de menores en los países analizados. Casi la mitad las usa para buscar información y cerca de una cuarta parte para traducir contenidos.
Pero el informe apunta a un cambio más profundo que va más allá del ámbito académico. Uno de cada diez niños usuarios de inteligencia artificial —más de dos millones en total— aseguró acudir a estas plataformas para pedir consejo sobre cuestiones que le preocupan. En algunos países, ese porcentaje se eleva hasta el 21%.
Ese dato refleja que la IA no solo se está incorporando como apoyo para el aprendizaje, sino también como espacio de consulta emocional o personal. UNICEF subraya que esta evolución plantea interrogantes de fondo, ya que los menores pueden desarrollar vínculos de dependencia con chatbots que no son personas y que responden en función de sistemas cuyos criterios, límites y usos de datos no comprenden.
“Una generación está creciendo dentro de un experimento global”, advierte la organización, que alerta de que niños y adolescentes interactúan cada vez más con tecnologías cuyos modelos de negocio, mecanismos de protección y tratamiento de la información escapan a su control.
Uno de los hallazgos más significativos del análisis es la distancia entre el uso que hacen los menores de estas herramientas y el conocimiento que tienen los adultos de su entorno. Mientras hasta la mitad de los niños encuestados ya había utilizado inteligencia artificial, al menos tres de cada cuatro padres o cuidadores afirmaron no haberlo hecho nunca.
Para UNICEF, esta brecha generacional puede dejar a muchas familias sin capacidad real para entender cómo se relacionan sus hijos con estas plataformas, identificar posibles riesgos o acompañarlos cuando se enfrentan a un problema. El informe también observa que los progenitores con más competencias digitales tienden a usar más la IA y que sus hijos también son más propensos a hacerlo, aunque disponer de habilidades tecnológicas no garantiza, por sí solo, una mejor detección de los peligros asociados.
La organización defiende que la respuesta no debería basarse únicamente en la prohibición o en restricciones generalizadas. A su juicio, los controles excesivos también pueden limitar el acceso de la infancia a herramientas que, bien utilizadas, pueden contribuir al aprendizaje y al desarrollo de competencias digitales. La clave, sostiene, pasa por que familias, centros educativos y administraciones acompañen ese uso con pensamiento crítico, educación digital y límites claros.
El análisis de UNICEF muestra que muchos menores sí identifican algunos de los riesgos asociados a la inteligencia artificial. Un 34% expresó preocupación por su uso para engañar o estafar a otras personas; un 32% señaló el peligro de que se utilice para difundir información falsa, y un 26% mencionó la creación de imágenes o vídeos sexuales manipulados.
Sin embargo, la percepción del riesgo es desigual. En varios de los países estudiados, alrededor de tres de cada diez niños no manifestó preocupación por ninguno de los peligros planteados en la encuesta, mientras que en otros esa proporción descendía a uno de cada diez. Para UNICEF, esta diferencia no implica necesariamente que unos menores estén más protegidos que otros, sino que una parte de ellos podría no reconocer todavía las amenazas a las que se expone.
La preocupación resulta especialmente grave en torno a los deepfakes, es decir, imágenes, vídeos o audios generados o alterados con inteligencia artificial para aparentar autenticidad. Según advierte la organización, al menos 1,2 millones de niños en once países sufrieron durante el último año la manipulación de imágenes propias para convertirlas en contenido sexual explícito falso.
En algunos de esos países, la dimensión del problema equivale a uno de cada 25 menores, una proporción que, trasladada a un aula convencional, supone aproximadamente un alumno por clase. Entre estas prácticas se encuentra la llamada “desnudez digital”, mediante la cual herramientas de IA modifican fotografías reales para eliminar o alterar la ropa de una persona y generar imágenes íntimas falsas.
UNICEF insiste en que el conocimiento disponible sobre el impacto de la inteligencia artificial en la infancia sigue siendo limitado y avanza mucho más despacio que su implantación. Aún se sabe poco, señala la organización, sobre sus efectos en el aprendizaje, la capacidad de razonamiento, el desarrollo emocional o la exposición a distintas formas de daño.
Por ello, el organismo reclama reforzar la investigación centrada en niños y adolescentes, ampliar la alfabetización digital y en inteligencia artificial, reducir las brechas de conectividad y exigir a las empresas tecnológicas que incorporen salvaguardas robustas desde el diseño de sus productos.
Además, UNICEF pide endurecer las leyes y la responsabilidad empresarial para impedir la producción y circulación de material de abuso sexual infantil generado con inteligencia artificial. Entre las medidas que plantea figuran pruebas de seguridad antes del lanzamiento de nuevos modelos y controles eficaces en las plataformas para prevenir la difusión de este tipo de contenidos.
El debate, en definitiva, ya no gira en torno a si la infancia va a utilizar inteligencia artificial, sino a bajo qué condiciones lo hará y con qué protección real frente a los riesgos que ya están sobre la mesa.